Huellas

Estaba trabajando en lo de mamá cuando sonó el timbre. Eran las cuatro y media, volvían las chicas del colegio. Bajé las escaleras y ya, desde atrás de la reja, vi que Juanita, de once años, estaba con cara triste y cabizbaja. Apenas un saludo de reojo, frío y despersonalizado. Raro. Algo pasaba.

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Nos sentamos a tomar el té y le pregunté cómo le había ido. Con los ojos llorosos y con voz apagada contó que había desaprobado la “sumativa”, una especie de prueba integradora de todas las materias donde se evalúa lo aprendido en la primera mitad del año. Estaba muy angustiada, la sumativa era un tema recurrente. Nervios, ejercicios, lecturas. Memorizar. Dolor de panza, seguramente. No era un examen más, por eso la decepción era grande. Mientras la consolaba, pensaba que nada, NADA, te hace más fuerte que esos reveses, los primeros de muchos, los que te adentran en las cicatrices inaugurales que no buscan otra cosa que robustecerte.

Como dice Maritchu Seitún, más vale prepararse con errores de bajo costo que sirvan de aprendizaje, y estar curtidos para cuando la vida pegue fuerte y bien hondo más adelante. Claro que para ella no era ningún bajo costo estudiar de vuelta para rendir un recuperatorio y demostrar que sabía. Pero ¿cómo entender, en el alba de la vida, que esas lágrimas y angustias se convertirán en unos años en divertidas anécdotas que nos sirvieron de lección?

Este episodio me hizo divagar en mi memoria y encontrar esas pequeñas (y no tan pequeñas) decepciones, cachetazos, golpes que, a fuerza de desconsuelos y dulces dolores, nos fueron tallando la personalidad.

Me acuerdo la primera vez que me llevé matemática a febrero. “Llevarse materias” es el término que usamos en la etapa escolar para referirnos a esas oportunidades en las que debíamos demostrar que, en realidad, manejábamos a la perfección las fracciones y sabíamos que pi era tres coma catorce. Todo el año resumido en un día, en un examen, en una nota. Yo era del clan de diciembre, todos los años estaba ahí, practicando ecuaciones y funciones trigonométricas, pero ¿volver en febrero? Abrir regalos de Navidad y recordar que todavía debía matemática me daba náuseas, para mí era un abismo que, creía, nunca llegaría a sobrepasar. Pero un día pasó, un día fui parte de los innombrables de febrero y se derrumbó mi mundo.

También se me viene a la cabeza cuando Laura Selasco, profesora de inglés de Green Hills de toda una vida, llegó a casa con un lemon pie en las manos. Eso era muy malo. Que casi al final del verano se apareciera Laura  con una de estas tortas blancas era un signo imborrable de que había sucedido eso que no queríamos que sucediera. Era la manera de decirnos que no había sido suficiente: habíamos desaprobado el First Certificated Exam. Otro sacudón que costaba digerir.

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Yendo más atrás en el tiempo, es inolvidable el capítulo en el jardín de infantes en el que unos compañeros se burlaban de mí y me decían que en realidad yo era rubia porque mi mamá me lavaba el pelo con lavandina porque era más barato. No sé en qué momento se me ocurrió creer esa pavada, pero sí me acuerdo que me hicieron sentir que, a mamá, con lo dedicada que fue siempre a sus hijos, ya no le importaba su hija mayor; ya tenía demasiado trabajo con los más chiquitos.

Otro cimbronazo fue en una noche de domingo cuando papá y mamá nos sentaron en el living para contarnos que al año siguiente nos íbamos a vivir a Buenos Aires. Pataleo, llanto, no entender nada. A mí me tocaba, tenía que empezar la facultad y, sola o acompañada, debía instalarme acá, pero ¿y las chicas? Las arrancaban del último y ante último año de colegio para empezar una vida totalmente nueva que, a la larga entenderíamos, tendría sus frutos en la familia unida. Pero estábamos devastadas, y si mis hermanas lloraban, yo también lloraba. Todavía hoy le achacamos a papá que, ni siquiera en ese estado de congoja, nos dejó faltar al otro día al colegio. No, a las siete abrió la persiana como todas las mañanas, como si nada hubiese pasado. Las reglas son las reglas, y en casa sin cuarenta y dos grados de fiebre no había razón para hacerse la rata.

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Y ni hablar cuando encontré a Talula, la perra dálmata que teníamos desde que yo me acuerdo, muerta debajo de unos árboles al fondo del jardín. Se había ido a morir lejos, para que yo no la vea y quizás así no sufriera. No entendía, si yo tenía diez años y ella casi mi misma edad, ¿por qué habría de morirse? Me dejaron enterrarla y poner una cruz en el lugar. Lloré por unos cuantos días, y trataron de reemplazarla por otra dálmata, pero no era ni la mitad de cariñosa.

Cómo olvidar esa Navidad en la que el primer regalo que abrí fue una Barbie. Todo el mundo sabía que yo odiaba las barbies, me parecían aburridísimas, ¿a quién se le ocurría regalarme una? Obviamente ese regalo no había sido de mamá, pero ¿cómo explicarme? Qué malcriada, cuánta susceptibilidad.

Así fueron algunos de esos momentos, señaladores en nuestra existencia, que tienen la misión de recordarnos cómo éramos antes y cómo fuimos después de que sucedieran. Según la edad o las preocupaciones de ese entonces, dejaron una huella más o menos indeleble que nos fue forjando. Juani recién empieza, ¡cuántas anécdotas valiosas e inolvidables le esperan!

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CUANDO NO ES ÉPOCA DE PLAYA

Una casa construida con esmero y con un corazón generoso para albergar a hijos y nietos durante cada verano y cada fin de semana largo. Las paredes cuentan el esfuerzo de aquellos años antes de la gran crisis. Obreros bolivianos y muchos viajes a la costa. Compra de materiales y la practicidad propia de las familias numerosas hicieron posible el sueño de la casa de playa en Valeria del Mar.

Acá me tocó venir ya un par de veces, y acá siempre soy bien recibida. Los árboles centenarios, el olor a bosque, la tranquilidad que permite a los pájaros cantar y una familia acogedora es lo que me hace volver.

Sin ser muy fanática de la playa, aprendí a apreciar su encanto. La soledad antes de que empiece la temporada siempre me sedujo. Los médanos que cobijan la ciudad de una sudestada y el recorrido de un pato en busca de su almuerzo son detalles de agudos observadores.

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Me gusta la noche oscura, aunque no haya luna, porque el escenario lo ocupan las millones de lucecitas que se agolpan en el cielo infinito. Hay una, sobre todo, más luminosa que las demás y que titila sobre el mar, acaso queriendo decirnos algo que no comprendemos.

Me gustan las bicicleteadas por sus bosques, cuando el esfuerzo de pedalear en la arena se vuelve una carga ligera al ser compartida. Los asados, las ensaladas de papas con mucha mayonesa y limón, y sentirme anfitriona en casa ajena. Me gusta no tener horarios y disfrutar de las rabas empanizadas en un parador ventoso.

Me gusta rezar en una iglesia que no es la propia y perderme en auto por los bosques de Cariló. Ir a la playa a la tardecita y tener poca señal. Me gusta el camino de vuelta con y sin tráfico. Descubrir ecosistemas en las cunetas de la banquina y frenar a comprar chorizos y quesos.

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Al final, la playa puede ser muy hospitalaria, es cuestión de encontrar la receta justa para disfrutar a nuestra manera.