CUANDO NO ES ÉPOCA DE PLAYA

Una casa construida con esmero y con un corazón generoso para albergar a hijos y nietos durante cada verano y cada fin de semana largo. Las paredes cuentan el esfuerzo de aquellos años antes de la gran crisis. Obreros bolivianos y muchos viajes a la costa. Compra de materiales y la practicidad propia de las familias numerosas hicieron posible el sueño de la casa de playa en Valeria del Mar.

Acá me tocó venir ya un par de veces, y acá siempre soy bien recibida. Los árboles centenarios, el olor a bosque, la tranquilidad que permite a los pájaros cantar y una familia acogedora es lo que me hace volver.

Sin ser muy fanática de la playa, aprendí a apreciar su encanto. La soledad antes de que empiece la temporada siempre me sedujo. Los médanos que cobijan la ciudad de una sudestada y el recorrido de un pato en busca de su almuerzo son detalles de agudos observadores.

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Me gusta la noche oscura, aunque no haya luna, porque el escenario lo ocupan las millones de lucecitas que se agolpan en el cielo infinito. Hay una, sobre todo, más luminosa que las demás y que titila sobre el mar, acaso queriendo decirnos algo que no comprendemos.

Me gustan las bicicleteadas por sus bosques, cuando el esfuerzo de pedalear en la arena se vuelve una carga ligera al ser compartida. Los asados, las ensaladas de papas con mucha mayonesa y limón, y sentirme anfitriona en casa ajena. Me gusta no tener horarios y disfrutar de las rabas empanizadas en un parador ventoso.

Me gusta rezar en una iglesia que no es la propia y perderme en auto por los bosques de Cariló. Ir a la playa a la tardecita y tener poca señal. Me gusta el camino de vuelta con y sin tráfico. Descubrir ecosistemas en las cunetas de la banquina y frenar a comprar chorizos y quesos.

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Al final, la playa puede ser muy hospitalaria, es cuestión de encontrar la receta justa para disfrutar a nuestra manera.

ESCONDITES

Una casa tiene muchas guaridas.

En el mueble marrón del comedor, ese con puertitas de vidrio que en un estante sostiene frascos viejos que fueron remedios, o sólo simularon serlo para engañar a las visitas haciéndoles creer que tenemos un par de antigüedades valiosas, hay barritas de chocolate blanco.

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Casi siempre, esas puertas se abren para sacar un toffy con dulce de leche que hay en una caja delante de los vasos de whisky. Hay días que te podes encontrar también con medallones de menta, pero eso ya es más difícil. Hay una llave que no se esconde, sino que siempre está puesta en la misma cerradura, convenciéndonos de que todos somos adultos y medidos. A veces querés relajarte en el sillón con una barrita de cada color y algún caramelo que encontrás suelto por ahí, pero tampoco es tan legal andar exhibiendo cantidades. El ejemplo de la mesura es el mejor disfraz.

También puede ser que en la biblioteca del living, debajo del Mío Cid, de algún libro de Vargas Llosa y de un pilón de ejemplares de jardinería de La Nación, haya moguls violetas. La casa tiene bastantes guaridas en funcionamiento y todavía hay muchas más por estrenar. Supongo que cada uno tendrá las suyas pero no es un tema que se hable en la mesa después del lomito del domingo Todos esos secretos no se revelan abiertamente. Durante el cafecito de sobremesa cada tanto alguno resigna parte de su misterio y se la juega en un sobresalto de solidaridad pero no es lo más habitual. El fondo común pesa mucho como para donar rocklets o marrocs a la comunidad.

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Es muy linda la sensación de sábado a la noche, por ejemplo, y es mejor aún si el escondite está lleno. Si salís, sabes que a la vuelta te espera un block antes de quedarte dormido mirando Suits, sobre todo cuando crees que Mike es más de lo que en realidad es Mike, y pensas que ese día por fin va a hacer algo increíble, pero no sucede y por suerte tenes un block en la mano, a punto de darle un mordiscón para equilibrar.

Todas estas cuevas tienen que cambiar regularmente, ya hay varias que no son seguras, que caen en lo obvio y que por muy disimuladas que estén, en épocas de escasez se descubren si o si. Por eso la insistencia en innovar. Una azucarera vieja, opaca, que hace mucho que no se lustra puede ser una buena opción si son cosas chicas como flyn paff, gomitas, m&m´s sueltos. En la despensa ya sólo desfilan fideos, latas de arvejas, salsas pomarolas o packs de yerba, pero nunca la creme de la creme, nunca la elite gourmet.

Ojo, las reglas no están claras y es válido robar cada tanto. Es válido ser espía por un rato, después ser ladrón, y después volver a ser uno mismo. Es válido porque es válida la supervivencia. También las penas son variables porque hay fraudes que ameritan. Hasta acá creyeron que sólo nos hacíamos de stock de chocolates pero no. La picada siempre está ahí latente, simulando un segundo plano, pero relojeando fixtures de copas del mundo para hacer su aparición. Y ahí sí, ahí todo vale.