RECUERDOS DE ELLA

Son muchos los que a lo largo de todos estos años me la recordaron continuamente. Sus gestos, sus ocurrencias, su manera creativa de resolver cualquier situación. Creo que parte de su regalo está en acariciarme con pedacitos de ella en personas que siguen acá conmigo. Fue la forma que eligió para cuidarme, para quedarse, y le viene saliendo muy bien.

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Siempre me acuerdo de lo mismo. Nos estábamos preparando para nuestra fiesta de egresados. Jóse se había pintado su propio vestido ¡ella sola!, con unos pavos reales alucinantes con plumas color verde agua sobre fondo blanco. Había venido a casa a peinarme, y con su mochilita de oxígeno se movía entre el espejo del baño y el del cuarto, buscando el mejor collar y los aros más lindos para mi vestido. Se la veía radiante por momentos, pero ya, de a poco y aunque al asumirlo se nos estrujara el corazón, su luz se iba apagando, como una vela que se consumía. Sin embargo, ese día, con esa habilidad tan fuera de serie, se ocupó de mí. Se ocupó de domar mi pelo revuelto para que estuviera cómoda, se ocupó de maquillarme y de tirarme flores sinceras como siempre hacía, levantando el ánimo del lugar. Se ocupó de mí relegándose al último lugar para que yo brillara.

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Ese día su mayor deseo fue entrar con su papá, como hacíamos todos, por la puerta principal de La Rural. Quería hacerlo sin su mochilita de oxígeno. Quería ser libre por unos minutos. Y lo logró. Entró como una reina del brazo de José, con unas ganas y un entusiasmo que su cuerpo no sabía acompañar. Jóse deseaba estar en esa fiesta. Lo deseaba con toda su alma y, gracias al Cielo, estuvo en esa última foto de gala, de egresados del colegio San José.

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Hoy nos gusta recordarla de la mejor manera, como era Jóse en verdad: fresca, natural, sincera y una amiga sin costuras. Predispuesta para ayudar, para alegrar a otros, para contagiar un poco de ese envidiable talento para dibujar, pintar, hacer manualidades, escribir con letra gorda. Siempre un paso adelante que el resto. Pero si hay que reconocerle algo, es que se caracterizó por su modestia, aun sabiendo que era una chica sobresaliente, supo ponerse en todo momento a la altura de sus amigos, procurando ser una más, sin ufanarse de su genialidad y ¡haciéndonos creer que estábamos cerca de parecernos a ella!

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Bueno Josefina, siempre mi profundísima admiración por vos. Siempre los consejos más sabios y los oídos más predispuestos a escuchar los míos. Siempre la tendencia vanguardista que tanto me costó seguirle el ritmo. Siempre vos tan maestra y yo tan alumna. Siempre tan Jóse y tan Mery. Siempre nosotras.

En este día tan especial, a nueve años de tu partida, te recordamos y te extrañamos mucho. Pero sabemos que esta separación no tiene la última palabra, y nos volveremos a ver para no separarnos nunca más. Cuidá mucho a tu familia y a tus amigos. No te olvides de los más débiles, de los que nos cuesta tanto que ya no estés, nosotros prometemos hacerte presente en cada cosa que hagamos. Te quiero mucho.

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Contra toda esperanza

Las buenas noticias, y también las malas. Nos enteramos, lo procesamos y lo analizamos ahí. Una computadora entre nuestros dedos que es capaz de cambiar el ánimo de un minuto a otro. Debemos haber sido varios los que en esta última semana, abrimos las webs de los diarios más conocidos mendigando certezas. Mañana, tarde y noche en busca del nuevo detalle, de aquel dato más acabado que nos ayude a comprender con mayor exactitud. Y siempre con la esperanza intacta, imaginando la gran noticia. Porque acá lo que ahoga es la incertidumbre, la falta de información, el panorama desolador que se nos hace imposible constatar con hechos.

El gran Fernández Pedemonte hablaba de los casos conmocionantes aludiendo a aquellos sucesos que actúan como señaladores en la memoria colectiva de un país o de una comunidad. Todos nos acordamos qué estábamos haciendo cuando se derrumbaron las Torres Gemelas o cuando la fumata blanca arrojó el nombre de Jorge Mario Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI.

Hoy el Ara San Juan sigue siendo un enorme, pesado y desgarrador signo de interrogación. Los medios funcionan como boca de urna de un universo que, por momentos, se llena de falsas esperanzas y pistas desorientadoras. El termómetro social y político pasa de la euforia de una bengala a la desesperación por un oxígeno que, según se cree, está en vías de extinción.

El corazón de los familiares se prende a una foto estampada en el puerto que, como tantas otras veces en la historia, funciona como aparcadero de noticias. Alegrías, euforias, tristezas, desilusiones. Desconsuelos que se nos llevan la vida.

Este caso, como lo fue la tragedia de los Andes o la de los mineros en Chile, logró paralizar agendas y mantener en vilo a varios países. Misas y rosarios, además de todos los medios humanos posibles, como fueron la ayuda de embarcaciones y naves extranjeras, son las armas con las que contamos. Estamos a merced del Cielo, esperamos que se haga la luz, que se devele el misterio y que pronto los cuarenta y cuatro estén de vuelta en tierra firme. Seguimos en vela.

Foto: Ejército Argentino.

Paso a paso

Los adoquines de la calle bermejo son una de las primeras cosas en las que fijo la mirada todos los viernes a la mañana. Un poco para no trastabillar, otro poco para tener un punto de atención concreto durante la caminata hacia el charter. Antes de salir, a veces desayuno una fruta, otras sólo un vaso de agua con la expectativa de aguantar el hambre hasta las medialunas de las diez y media. Pero el día realmente comienza a las siete y veinte, cuando me dispongo, sin peros ni quejas, a caminar las cinco largas cuadras que me separan de la parada.

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Junto coraje y, aunque odie caminar, me pongo en movimiento. Antonia me despide con una aparente muestra de cariño, sacando su cabeza peluda por uno de los barrotes de la reja de casa, con los bigotes mojados por el rocío de la mañana. Me dirijo hacia el trampolín que me depositará en mi destino final y esta vez decido disfrutar del trayecto. La primera cuadra es angosta, sin veredas, con apenas algunos centímetros para que circulen un auto y una persona al mismo tiempo; los siguientes cien metros, de garita a garita, que en otoño se cubren con un colchón de hojas amarillas, más de una vez me obligaron a parar y sacar una foto.

Seguidamente, hay una casa que siempre me encantó, solía tener un cartel de “Vende” que juntaba polvo, pero al fin alguien se fijó en ella. De tanto observarla ya se convirtió en una postal familiar en mi cabeza. Confieso que hay veces que se me escapa una señal de la cruz al pasar por ahí, como si fuera que mi cerebro la seteó en el orden de cosas por las que vale la pena detenerse en la vía pública.

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En la cuadra siguiente el guardia me saluda con un gesto con la cabeza e inmediatamente se apea en su bici para escoltarme hasta la esquina. Como las veredas casi no existen, transitar por la orilla de la calle es moneda corriente y el sentido auditivo no hizo más que aceitarse lo suficiente durante estos años como para distinguir el peligro próximo sin la necesidad de levantar la mirada y perder el equilibrio, o más aún, la dignidad.

Los pasos son temerosos porque la regularidad del asfalto siempre traiciona y la estabilidad nunca fue mi fuerte. No tiento al destino y procuro llevar zapatos cómodos que me proporcionen algo de firmeza, mientras esquivo las pelotitas de los Tilos tan desleales. Trato de tener las llaves de casa en la mano, a modo de amuleto contra caídas y también como para hacer algo mientras camino. Juego con el llavero del destapador de Quilmes entre los dedos y dejo que el tintineo me marque el ritmo.

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A veces mi cabeza va más rápido que mis pies y hago el ejercicio de no mirar cuánto falta para llegar. Sigo inmersa en esquivar los pozos y las piedritas. Por fin llego, ya está, ahora solo tengo que esperar a que sean y treinta y tres, que es cuando aparece el chárter por Blanco Encalada. Cuando subo me acomodo en alguno de los primeros asientos libres. El riesgo de este lugar es que cada tanto alguien conversa con el chofer y entonces ya no puedo concentrarme en el libro o en las fotocopias que quería leer. Todavía me cuesta focalizar la atención cien por cien en una sola cosa. Pero hay días en que reina el silencio y ahí sí es el placer más grande: exprimo el tiempo, adelanto lecturas atrasadas y le saco brillo a la eficiencia.

Cuando me bajo en Cerrito y Arenales, camino un poco más liviana, con la sensación de que ya cumplí con varias obligaciones para ser las ocho y cuarto de la mañana. No titubeé en la caminata, llegué a horario al chárter y exploté el valiosísimo tiempo de viaje. Qué lindo es conformarse con poco, empezaba un buen viernes.

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Un peluche

Que cumple 29 años.

Él es muy manso, no se altera si no le devuelvo el auto con el tanque lleno, ni tampoco se hace mala sangre cuando llega un viernes muerto de hambre y lo recibo con una pizza recalentada con poco queso. Nunca se queja, mantiene la sonrisa y me pregunta cómo me fue en el día, si cumplí con mi deber, si fui responsable, si estoy contenta. Todo eso me pregunta.

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Él es un estoico. “Yo no me canso” es el lema que repite desde que lo conocí. Y ese enunciado lo aplica a todos los aspectos de su vida. El deporte, con el rugby al principio y el fútbol más tarde, fue siempre su motor, y la disciplina, junto a la fuerza de voluntad, lo moldearon tenaz, constante y obstinado. Siempre un poco más, y un poco más y un poco más. Darse por vencido, jamás.

En el estudio también asoma este carácter y, aunque esté tapado de mails, con reuniones, entrevistas y viajes a Rosario, Francisco se hace el tiempo, inventa ese tiempo, para estudiar y ponerse al día, para servir a la patria educándose. En su trabajo, aunque estén los sindicatos a punto de incendiar sus oficinas, él no pierde el temple y con mucha serenidad amasa una solución convincente para todas las partes. Como si supiera que al final las cosas se acomodan y su resultado no depende sólo de su esfuerzo, sino que Alguien va siguiendo de cerca sus pasos, la calma le gana al desorden y al escándalo. Otra vez gana la mansedumbre y la confianza.

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Y conmigo, un rey. El buen humor es su Messi y su tacle que no falla, siempre y cuando pueda salir a correr dos veces por semana, no pase mucho tiempo sin comer algo de carne y tenga un buen libro en su mesita de luz. Dispuesto, generoso con su tiempo, servicial y con una suavidad envidiable para abordar cualquier tema espinoso, así es el Pelush.

A 29 años de su llegada, me confiaron un gran tesoro, espero seguir sacándole su brillo.

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Cita con los jóvenes

Reviviendo la JMJ 2016.

El Papa, al que ahora lo sentimos un poquito más nuestro por haber nacido en estas tierras, frenó su agenda y se tomó un avión de Roma a Cracovia para estar diez días en exclusiva compañía de jóvenes de todo el mundo. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Cómo es una Jornada Mundial de la Juventud? Revivamos lo que pasó y sumerjámonos de nuevo en este clima de alegría y oración.

A muchos se nos puso la piel de gallina cuando Francisco, el por entonces flamante Papa, anunció, en 2013 en Río de Janeiro, que Cracovia sería la próxima ciudad anfitriona de esta gran fiesta de los jóvenes. Que sea en Polonia no es casualidad. Inevitablemente nos trae a Juan Pablo II a la memoria. El Papa fundador de las jornadas y forjador de este vínculo amoroso con los jóvenes, fue uno de los ejes de reflexión del primer día de encuentro. Luego de 25 años, ese gran diálogo que la Iglesia comenzó sigue abierto, fresco y con ganas de contagiar vitalidad a los jóvenes del mundo entero.

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Las calles desbordaban de alegría en la calurosa capital polaca. El día que el Papa aterrizó, las campanas de todas las iglesias de Cracovia comenzaron a sonar en señal de recibimiento y bienvenida. El estremecimiento en estos eventos es continuo. La multitud, las banderas, el clásico de la JMJ “Jesus Christ, you are my life”, pero sobretodo la Eucaristía. Todo impacta tan fuertemente que anima a confesar a viva voz que creemos en un Dios que nos ama y dio su vida por nosotros. Con esta llama encendida, al volver a sus países, los peregrinos buscarán contagiar este entusiasmo y esta pasión al resto de los jóvenes

La novedad del Evangelio, siempre tan actual, hizo mecha en los miles de jóvenes que se reunieron en el Parque Blonia para participar de la misa inaugural. Una vez más, como cada tres años, muchas almas sedientas de palabras de aliento, fueron testigos de cómo el corazón se llena de felicidad al escuchar los consejos y recomendaciones del gran Pastor. “Levántense y siéntanse vivos” fueron las palabras del Papa mientras los peregrinos y voluntarios saltaban de la emoción de sus asientos. ¡Qué ilusión experimentar la universalidad de nuestra fe! Una fe que, siendo única, es a la vez global, absoluta, ecuménica.

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Todos los caminos conducen a Cracovia

Fátima Caride, estudiante de Teología, horneó más de 500 docenas de chipá durante 88 días para poder costearse el viaje a Polonia. El esfuerzo valió la pena. Cracovia no deja de asombrarla con la amabilidad de todos sus habitantes. “Te ofrecen agua para el mate, te preguntan cómo la estás pasando o te indican cómo llegar a tal o cual lugar, son muy atentos y acogedores”, nos cuenta. Este pueblo humilde y sufrido, pero de una grandísima nobleza les abrió las puertas de su ciudad y de su corazón a todos los peregrinos. El idioma ya no es una barrera porque la hospitalidad no admite fronteras.

El clima de constante entusiasmo sobrevuela por todos lados. En un mismo tranvía se escuchan canciones en muchos idiomas, acompañadas con banderas de cientos de países, todos con un mismo fervor: el amor por Jesucristo. “Es muy alentador ver acá a los sacerdotes, a las religiosas, y a los padres y madres de las próximas generaciones tan comprometidos, es gente que realmente vive su fe. Acá se comprueba que la Iglesia es milenaria y joven a la vez” relata Fátima por audio desde la capital polaca.

También Belén y Trinidad Doucet llegaron a Cracovia gracias a la venta de alfajores de dulce de leche, tortas y demás delicatesen. “Lo que más me impactó fue la universalidad de la iglesia y cómo esta experiencia convoca a tantas personas” dijo Trinidad, de 17 años y alumna del colegio Buen Ayre.

5El quinto día de la jornada, el Papa estuvo en Auschwitz y recorrió a pie el campo de exterminio nazi donde fueron asesinados un millón y medio de seres humanos. El silencio desgarrador dio paso a una oración larga y personal para luego saludar a once sobrevivientes con gestos de consuelo. Por último, se trasladó hacia el Monumento a las Víctimas de las Naciones donde hay 23 lápidas conmemorativas en diversas lenguas. Absorto de dolor, Francisco prendió una vela y saludó a 25 “justos de las naciones”, personas que con valentía salvaron de la muerte y el horror a familias enteras escondiéndolas en sus casas. “Señor perdón por tanta crueldad” imploró.

“En los oídos de quienes atravesaron Europa, camino a Cracovia, resonarán las palabras de Juan Pablo II que sorprendieron al mundo y que continúan siendo actuales: ¡No tengan miedo!”. Este es el mensaje que nos llevamos de Francisco. Tenemos su aval y su bendición para conquistar el mundo desde el ejemplo. Nosotros, jóvenes, avancemos.

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CUANDO NO ES ÉPOCA DE PLAYA

Una casa construida con esmero y con un corazón generoso para albergar a hijos y nietos durante cada verano y cada fin de semana largo. Las paredes cuentan el esfuerzo de aquellos años antes de la gran crisis. Obreros bolivianos y muchos viajes a la costa. Compra de materiales y la practicidad propia de las familias numerosas hicieron posible el sueño de la casa de playa en Valeria del Mar.

Acá me tocó venir ya un par de veces, y acá siempre soy bien recibida. Los árboles centenarios, el olor a bosque, la tranquilidad que permite a los pájaros cantar y una familia acogedora es lo que me hace volver.

Sin ser muy fanática de la playa, aprendí a apreciar su encanto. La soledad antes de que empiece la temporada siempre me sedujo. Los médanos que cobijan la ciudad de una sudestada y el recorrido de un pato en busca de su almuerzo son detalles de agudos observadores.

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Me gusta la noche oscura, aunque no haya luna, porque el escenario lo ocupan las millones de lucecitas que se agolpan en el cielo infinito. Hay una, sobre todo, más luminosa que las demás y que titila sobre el mar, acaso queriendo decirnos algo que no comprendemos.

Me gustan las bicicleteadas por sus bosques, cuando el esfuerzo de pedalear en la arena se vuelve una carga ligera al ser compartida. Los asados, las ensaladas de papas con mucha mayonesa y limón, y sentirme anfitriona en casa ajena. Me gusta no tener horarios y disfrutar de las rabas empanizadas en un parador ventoso.

Me gusta rezar en una iglesia que no es la propia y perderme en auto por los bosques de Cariló. Ir a la playa a la tardecita y tener poca señal. Me gusta el camino de vuelta con y sin tráfico. Descubrir ecosistemas en las cunetas de la banquina y frenar a comprar chorizos y quesos.

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Al final, la playa puede ser muy hospitalaria, es cuestión de encontrar la receta justa para disfrutar a nuestra manera.

Mi Tatita

En silencio vivió y en silencio se fue. Imperceptible en su casita, leía en su sillón hamaca hasta que el hambre lo sacaba de su ensimismamiento y se sentaba a la mesa totalmente entregado a los manjares de su mujer. Lo único que pedía en sus últimos años era que cada cuatro o cinco horas lo fueran a buscar para no saltearse ninguna comida, porque si dependía de su propio reloj, la vida se le pasaba entre capítulos de libros y encíclicas.

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Apenas pisábamos La Escondida, se repetía un ritual: entrábamos por la cocina y corríamos a darle un beso porque ya sabíamos dónde encontrarlo: en su “casita” como él la llamaba, formada en su escritorio, que tenía bibliotecas hasta el techo como paredes. Interrumpíamos su lectura, siempre interrumpíamos su lectura, ansiosos de que nos cuente alguna historia del ´55, o de los banquetes en las embajadas o de los encuentros con políticos y escritores. Como bien dijo Guada, tenía el don hacer sentir a cada nieto, como el mejor nieto. Era un diplomático nato.

Creo que no había ningún tema que no le interesara. Como gran intelectual, nunca perdió esa capacidad de asombro que se necesita para disfrutar en serio de la vida. Hijo de un Teniente General, siempre contaba que prefirió ser un patriota de otro modo y por eso se dedicó a la diplomacia. Se dedicó a defender a su país en cualquier rincón del planeta: Pekín, Madrid, Río de Janeiro, Rabat, Washington. Arturo Enrique Ossorio Arana Albistur fue un hombre de ética y compromiso, un embajador sin miedo.

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Y mi Tatita, como le decíamos sus cuarenta nietos, sigue haciéndonos reír con sus chistes tan ocurrentes. Recordar sus comentarios entre risas, los cuentos de las metidas de pata de Mamama en alguna comida diplomática, es seguir teniéndolo presente, como si siguiera en su sillón, señalando con su bastón alguna reliquia de su mejor cofre: la biblioteca. Fue un abuelo adorado, un abuelo cariñoso y muy divertido. Era quien descontracturaba a Mamama y la miraba con devoción, hasta el último momento. Un legado invaluable que se llevará nuestra vida en el agradecimiento.

Como somos finitos y es imposible la plenitud, por lo menos todavía, sí voy a decir que me hubiese gustado darle un último abrazo, que me hubiese gustado tener más charlas interminables, que me hubiese gustado que esté en mi casamiento porque esa era su gran ilusión. Pero no sirven los lamentos, sí valen, y mucho, las oraciones, misas y la entrega total de nuestra vida a él que ya está allá, que ya llegó. Te quiero mi Tatita, ya nos volveremos a encontrar.