El 911 de cada día

El cansancio dominaba mis párpados a su antojo, y solo ante el timbre del Glovo reaccioné. No pasaban de las once de la noche, pero hacía mucho que no sentía ese sueño pesado, como cuando era chica y elegía dormirme en el sillón para que papá me llevara a upa a la cama, la última señal de que en ese día lo había dado todo. Después, un sueño profundo, sereno, infantil, como quien no tiene más preocupaciones que reponer la energía agotada para el día siguiente. Y en ese retroceso en el calendario, por unos instantes, me olvidé que tenía marido, hija y deberes por la vida.

Estaba soñando algo que en realidad lo había vivido, pero en el sueño éramos mucho mas heroínas de lo que en verdad habíamos sido, sin ánimos de desmerecer nuestro fantástico accionar. Volvíamos del pueblo después de un fin de semana largo con @vicky maisonnave y @dolo nazar. Despacio por la ruta y bien prudentes, como quien conoce el camino de memoria pero sabe que siempre, siempre, hay un nuevo pozo que traiciona, empezamos la recorrida de los 550 kilómetros hasta la city. ¡Quinientos cincuenta! Jamás me acostumbraré a esa distancia poco gamba entre el paraíso y el infierno para algunos, o simplemenre entre el descanso y la rutina para otros.

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Creo que esa vez me resigné a mi clásica frase “ni paso ni tomo”, me copé y fui puente entre algún que otro mate. Porque de tomar un yerbeado jamás. Después de pasar San Antonio y de recordar buenas épocas en ese campo, después de pasar Pasman, un poblado simpático pero con poca gracia, llegamos a la rotonda de Huanguelén. Y ahí empezó la joda. Un camión con dos acoplados zigzagueaba en la ruta violentamente. Al principio creíamos que venía esquivando los pozos, que desde ahí hasta Guaminí se llaman cráteres y traslucen un problemón y una pelea eterna entre dos gobiernos municipales y uno provincial. Pero no. El camión amagó con abalanzarse sobre una camioneta que venía de frente y que por suerte tuvo los reflejos para escapar a esa trompada. Algo había que hacer.

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Vicky Maiso que es ágil de respuesta y no se come los mocos, enseguida marcó 911 en su celular y comprobamos que es real. Aunque no se tenga ni una milésima de señal, aunque se esté en medio de la nada misma, se puede llamar a la policía en caso de emergencia. Nos atendieron desde Daireaux, no muy lejos de ahí, y nos pidieron la patente del camión. Nos acercamos lo más que pudimos sin exponermos a un chicotazo, alzamos las luces y se la dictamos a la voz del otro lado mientras describíamos el rodado: camión gris con acoplado naranja.

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Listo, habíamos hecho nuestra gran acción del día. Sólo esperábamos que sirviera para algo. Y sí. Gratísima sorpresa nos llevamos al llegar a la rotonda de Guaminí. Las banquinas parecían un estacionamiento de camiones grises con acoplados naranjas. Era impresionante la cantidad de vehiculos confiscados. La policía se había tomado muy a pecho nuestro llamado y había frenado, en el transcurso de media hora, a todos los camiones que reunían estas características. Un poco queríamos reirnos de la situación, nos sentíamos poderosas, pero había que terminar la epopeya. Metimos velocidad, nos adelantamos al camión zigzagueante que veníamos custodiando, abrímos la ventana y grité “¡es este!”, mientras tocábamos bocina y apuntábamos al culpable. Dimos la vuelta a la rotonda y frenamos. Imposible irnos sin un feedback.

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El camionero no se podía sostener en pie del pedal. El vino en cartón le había jugado una mala, y pesada, pasada. Ojos achinados, remera transpirada y mucho pero mucho olor a alcohol. Solo certificamos que era él, como para que liberaran al resto de los camiones grises con acoplados naranjas que se amontonaban sin entender la cuestión. Despues de un par de preguntas para cerciorar que las maniobras habian sido sospechosas, seguimos viaje. Pero ya estábamos manijas. Queríamos más polémica, más heroísmo, más efervescencia.

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Y ahí, con el pecho inflado, volví a escarbar y encontré una joyita casi olvidada para contar y seguir en sintonía épica. Estábamos con un par en los arroyitos del Abra del Hinojo. Habíamos ido a pasar el día, a tirar un par de piedras, hacer puentes y creer, por un ratito, que encontraríamos un carpincho como quien se topa con un perro. Después de comer algo, se escuchó que por el camino de tierra se arrimaba un motor que se apagó justo en nuestro campamento. Mal humor. Típico que algún sin código quería instalarse al lado nuestro, como en la Bristol, sin respetar el espacio prudencial de convivencia, pensé. Pero como tantas veces, me confundí.

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Un chico de unos veinte años se bajó de la moto con cara de pánico. Con la voz temblando, contó que su novia se había empezado a sentir mal, necesitaban volver al pueblo urgente y la moto no era una opción para acarrearla. Sin dudarlo, encaramos hacia donde se había quedado la chica y la subimos al asiento de atrás. Pálida y con cara de susto, se acostó y anduvimos así cuarenta y cinco kilómetros por tierra a velocidad de caracol para no sacudirla más de la cuenta. El novio nos escudaba atrás en moto y yo por el espejito me preguntaba si tendría registro y papeles, pero hoy eso no importaba.

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Llegamos al hospital de Pigüe y entramos por la guardia. El chico estaba desencajado, creo que nunca había tenido tanto miedo y tanta suerte a la vez. Nos quedamos en la sala de espera con él, siendo de repente las adultas responsables de la situación que no pasó a mayores. Al parecer estaba un poco deshidratada y la baja presión de ese día había terminado de descompensarla. Llegaron los padres y después de relatar lo que había pasado y de deshacerse en agradecimientos, enfilamos al auto y de ahí a la panadería: sin arroyito ni excursión a las sierras, nos merecíamos unos churros con mucho dulce de leche para la vuelta.

Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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