Cadena de favores

¿Qué tienen en común un túnel y un ascensor? A simple vista nada, o muchas cosas en las que no me voy a detener ahora. Pero estos dos símbolos, con tan solo 24 horas de diferencia, hicieron patente que ayudar, el hoy por ti, mañana por mi, es real, concreto, poderoso y en este caso se cumplió literal.

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Después de depositar a #lahija en manos de su tía, comer un sambuceti de pollo y mostaza, porque no había tiempo de sacar un envase nuevo de mayonesa de la despensa; después de ver qué me ponía para ir a entrevistar a las divas de la moda y que no se dieran cuenta de que veníamos de los suburbios, en donde el glamour pasó de moda y el maquillaje escasea, me zambullí en el aire acondicionado del auto de Maggie. Creía que la dignidad la iba a demostrar, aunque sea, llegando impecable, como si fuera indemne a los 43 grados de diciembre que emergían del asfalto.

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Trípode, cámaras, lentes. Partimos. En el viaje repasamos los grandes hitos de la vida de las entrevistadas, qué haríamos primero, qué foto no podía faltar, qué formatos priorizaríamos. Llegamos, estacionamos y tocamos timbre. Nos esperaban, qué alivio. Era un edificio antiguo, divino, de ladrillo a la vista en una esquina de Palermo. Escalera de mármol y ascensor enrejado al descubierto. Fuimos primero al local en planta baja y casi morimos con tantos tesoros. Arriba, en el primer piso estaban las oficinas, luminosas, soñadas, perfectas. Quedamos en hacer primero la entrevista para después bajar y hacernos un banquete con tantos rinconcitos.

Éramos tres, y yo enfilé para la escalera. El ascensor era tan chiquito que para qué correr riesgos, pero las chicas insistieron en que había lugar y en qué hacía mucho calor. Típico, en treinta segundos estaba ahí con ellas, no haciendo lo que debía hacer, subir los dos pisos a pata como Dios manda.

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Y pasó. El ascensor se trabó llegando al piso en cuestión, la puerta no abría y tampoco podíamos volver a planta baja. A mi me dio nervios que una de las chicas se mareara y caiga redonda en ese minúsculo espacio, y lo único que me salió hacer fue reírme, reírme y no parar. Por suerte, al minuto, tomé más conciencia y se me ocurrió algo un poco más útil: gritar para pedir ayuda. Las chicas me chistaban para que me callara porque les daba vergüenza alimentar esa imagen de poco ascensor encima, pero en el fondo me lo agradecieron. Había que salir de esa cárcel como sea.

A los cinco minutos, un buen hombre llamó el ascensor en el piso de abajo y, como si nada, el engranaje se destrabó y logramos llegar a tierra firme. Hermoso. Ese señor no dimensionó la gran ayuda que fue y balbuceó algo así como que siempre se trababa, pero la cosa nunca pasaba a mayores. No había de qué preocuparse.

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Había mucho de qué preocuparse, la verdad. Todo el glamour al tacho después de sobrevivir a la claustrofobia y al vértigo. Al prejuicio de no saber manipular una caja elevadora. Intentamos recuperar algo de dignidad, respiramos profundo y tocamos la puerta, como si nada hubiese pasado. Por suerte, a pesar del traspié, empezaba una de las mejores entrevistas del año.

Que esa alma caritativa que tocó el botón del ascensor en el momento más tenso de la situación no se haya dado cuenta de su favor, de nuestro alivio, no quería decir que nosotras no nos sintiéramos en deuda y que buscáramos hacer lo posible para encontrar la forma de recompensar y no cortar esta cadena de favores.

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Sin hacerse esperar, la oportunidad llegó al otro día y me llevó a un pasado lejano pero muy vívido. Cuando arranqué a manejar, un gran pánico era que se pusiera el semáforo en colorado en plena bajada en un túnel de paso a nivel. Mantener el auto sin que se moviera durante cuarenta y cinco segundos, para luego acelerar sin miedo y no chocar ni al de atrás ni al de adelante parecía algo que jamás lograría. Y eso mismo, a lo que durante tanto tiempo le tuve miedo, fue la chance que me dieron para devolver esa ayuda que había recibido.

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Ahi estaba, de copilota, mientras veía como a una señora se le iba el auto para atrás, escapando de su control, cada vez que el semáforo pasaba a verde y amagaba con avanzar. Una, dos, tres veces. Y también fueron tres las oportunidades que tuvo para salir del túnel y reincorporarse al llano. Pero ninguna de las tres fue exitosa. Intentaba, y el auto cangrejeaba para atrás sin piedad, a punto de chocarnos.

Aproveché mi figura de acompañante, me bajé del auto y le toque el vidrio con los nudillos ofreciendo mi ayuda. “¿Querés poner el freno de mano y que pruebe de sacarlo?”. Histérica estaba la mujer después de sus intentos fallidos. Se ve que me vio cara de buenos amigos porque enseguida se bajó y me cedió el asiento. Todavía con olor a nuevo, en una milésima de segundo me imaginé qué podría hacer alguien con un poco más de maldad a bordo de un auto ajeno. Pero me puse en foco. Cambió a verde, por fin, y no dudé. Aceleré como nunca y el auto trepó hasta la planicie. Metí freno de mano de vuelta. La larga fila me lo agradeció y yo me di por satisfecha. Habia regularizado mi situación. Estaba lista para el próximo “hoy por ti, mañana por mi”.

Fotos: @dora.ine

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Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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