Jose Ansaldo

En el noviembre de hace once años, deambulábamos mamá y yo por la avenida Santa Fe, todavía mano única, en busca de algún vestido para alguna fiesta que ahora ya no importa. Hacía calor, lo suficiente como para reposar cada tanto bajo los aires acondicionados de los locales de ropa. Mientras caminábamos con bolsas en las manos y algún sweater colgado al hombro la vi a lo lejos.

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Entre la gran masa alienante que circulaba a ritmo frenético, había una cabeza rulienta con una mochilita de oxígeno en su espalda. Inconfundible, era Jose Ansaldo. Atropelladamente, le encajé las bolsas a mamá y empecé a correr lo más rápido que pude, esquivando señoras, chocándome señores, saltando adoquines sueltos y gritando su nombre como una loca para que frene. No me escuchaba pero yo la seguía con los ojos clavados en la mochilita. Rumbeó hacia el Alto Palermo, y subiendo las escaleras mecánicas por fin me escuchó y se dio vuelta. Qué ganas de verla tenía.

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Ella estaba cansada, tanto médico la había agotado, pero seguía radiante, con los mismos chistes de siempre y alguna anécdota divertida para contar. Tomamos un café, me parece, o un licuado, no sé, y comimos un tostado. Charlamos un buen rato sobre los planes del verano, mis fechas de finales y su proyecto de estudiar Dirección de Arte. Ese fue el último día que la vi. Glorioso. Gran despedida me dio la petisa.

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El 2 de diciembre a las 7 de la mañana sonó el celular insistentemente. Era Ine Dorado. La noticia era inminente. Jóse nos había dejado después de una recaída que la llevó a internarse a la clínica de Suárez. Ese mediodía me fui para allá en auto. El viaje más largo del mundo con lágrimas contenidas y no tan contenidas, recordando sus ocurrencias, sus ideas desopilantes y sus memorables cartas que empezaban con un Hola Rubia y que tenían voz de Jhonny Bravo. Todavía en mi cabeza circulaban las palabras de Ine de esa madrugada. Era fuerte. La quería ver ya, necesitaba una segunda despedida.

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Cuando llegué, mi casa y el jardín estaban abarrotados de gente. En el cuarto de estar habían colocado dos floreros enormes con calas que, desde el piso hasta el techo, vigilaban la cama impoluta donde la habían puesto. Jóse estaba en mi cama para la despedida final. Con un vestido largo, un ramo de pinceles en las manos y una sonrisa de paz verdadera. Verla así era impresionante, era un mimo al alma tan deshecha.

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Hoy 2 de diciembre se cumplen once años. Te extrañamos muchísimo, pero traerte al presente, con todas nuestras anécdotas, idas al campo, salidas, cumpleaños, tardes de torta y nesquick, películas en invierno y campamentos en el verano nos alegra, nos emociona, nos pone en sintonía con todo lo que fuiste y nos dejaste.

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Para mi fue un honor y una maravilla que velen a Jóse en mi casa, con toda esa gente colmando cada uno de los ambientes. En el jardín, en la pileta, en la calle. Mucha gente rezaba por Jóse, por José, por Victoria, por los chicos y todos los Ansaldo/Biuele. Jóse se fue con sus pinceles, témperas y acrílicos, pero nos dejó los mejores colores para pintar este mundo con un poco de su locura. Ojalá podamos ser buenos artistas.

Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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