Juana Catalina María Victoria

Amigas y primas. No sé qué fue primero, pero nos acordamos juntas desde siempre. Ya en las agendas del 2003 se comprueba que no había día del verano en que no hiciéramos programa: “vinieron Pita y Beru, fui a lo de Neyra, pileta con Pita y Beru”. Insoportablemente unidas crecimos. Y nuestras mamás pueden atestiguar que hicimos de la insistencia por invitarnos a dormir nuestra mejor arma.

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De cuando Juanita y Hernán, sus papás, se fueron de viaje y se quedaron en casa, salió la primera gran frase célebre: “a mi hermanita no le gusta el arroz”. Es que Pita fue siempre tan buena y protectora que ni siquiera se le escapó que su hermana pase un mal momento cuando Pachu sirvió arroz con atún en algún almuerzo. También por ese entonces, Pita fue víctima del sistema obsoleto que tenía mamá para enseñarnos a dividir por dos cifras. Pobre, intentaba simplificarnos la matemática, pero no había caso, hasta en eso nos parecíamos, bien burras desde tercer grado. Cuántos diciembres habrá pagado ese error. Eran los costos de dormir en lo de Ducos.

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No tengo idea la cantidad veces que habré llamado a lo de Neyra para que me invitaran a ver el partido de River, pero fui insistente. En casa jamás pagaron por el codificado de los domingos y en lo de Pita siempre había un clima de tribuna ideal que me encantaba. Cómo olvidar las veces que íbamos a misa cabizbajos después de perder de local un clásico, cómo olvidar las tortas esponjosas, los scons, los brownies mientras nos idiotizaba TyC.

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Curiosamente nuestra primera pelea, o por lo menos la pelea que bautizamos como primera, fue hace bastante poco. Un 20 de julio, día del amigo, vacaciones de invierno, Suárez. Tuvimos la brillante idea de ir a visitar a Pepe y Maria José Gallardo al campo en Dorbigny después de una leve llovizna. El barro nos devoraba a medida que avanzábamos y la camioneta patinaba al borde de la zanja. Hasta ahí, la amistad más firme que nunca, nos necesitábamos unidas para llegar vivas a pesar de las risas nerviosas y el miedo asomando. Después de comprobar que no podíamos seguir esquiando entre cuneta y cuneta, tomamos la sabia decisión de bajarnos y caminar hasta la entrada del campo. Había que esperar que seque para pegar la vuelta y eso implicaba quedarnos a dormir.

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Listo. Nos armamos de paciencia y nos relajamos con una carioca. Nos relajamos es un decir porque ya en la primera mano, se me pusieron las dos Neyra culo al norte y empezó la debacle. Me achacaban que les estaba robando puntos, que estaba sumando mal. Siempre fui pésima para las cuentas, pero la piolada criolla nunca fue lo mío. Por suerte, las reglas me dieron la razón y las equivocadas eran ellas. Pero la tensión ya estaba echada y había que bancar la parada. En veintitantos años, nunca nos habíamos mirado con bronca, y ese día, las cartas nos interpelaban de reojo, con saña. Intentaba tranquilizarme, es solo un juego, me recordaba, pero el rayo láser seguía apuntando a Pita y por dentro quería pellizcarla. Poco a poco, dejamos ir el rencor y nos entretuvimos viendo cómo un tractor resucitaba nuestro móvil del barrial. Nos quedaban como sesenta kilómetros juntas todavía, y sabiendo que eran dos contra una, era mejor amigarse.

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Con las ideas más ocurrentes y disparatadas, yo estaba siempre a punto de largar la carcajada, o contenerme y morir en el intento para no hacer el ridículo en misa, en un acto en el San José o mientras mirábamos Star Wars con un Hernán tan concentrado que era mejor que no vuele ni un mosquito. Un día, Pita me contó inocentemente que Bichito se había separado. Desde entonces, a esa persona la empezamos a llamar Bichito en código. Yo estaba preocupada, no entendía, si hacía poco había visto el matrimonio de Bichito lo más bien. Llegué a casa bien compungida y le conté a mamá. A las pocas horas, llegó la desmentida gracias al cielo. Pita había sido víctima de un gran cortocircuito para alegría del pueblo chico, tremendo infierno. No jodamo con los falsos rumores.

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También en las jineteadas se ven los buenos amigos (?). Siempre estos eventos resultaron trágicos. Una vez me corté el tendón del dedo chiquito del pie, un elástico que no te das cuenta que lo tenés hasta que se te corta; otra vez me robaron una heladerita por la que casi pierdo la vida cuando mi madre se enteró. Yo lloraba más por lo que había adentro que por el artefacto en sí. Y me acuerdo que, recorriendo el lugar, aguzando la vista para desmontar cualquier avivada, la vi. Era mi heladerita en manos de extraños. Ya estaba por interrumpir la ronda de paisanos para llevarme prepotentemente lo que creía que era mío, cuando Pita me advirtió que era muy parecida pero que no era igual. Siempre ella tan calma, pensando bien de los demás hasta el último minuto, cuando se demuestra lo contrario.

Talentosa, paciente, humilde, generosa y servicial. Así es mi amiga-prima-hermana, la Piti. Un encanto al que quiero mucho.

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Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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