Antes de Cata, después de Cata

Había dejado de trabajar dos semanas antes y estaba muy relajada, con los nervios bajo control y muy confiada en que no había nada de qué asustarse. Eran los últimos días de calor de marzo, esos que te dan ganas de gritar de agradecimiento por el sol que pega en la espalda mientras caminas por el barrio y por el vientito que anuncia el inicio del otoño. Esa mañana era la fiesta de San José, uno de mis santos preferidos, y fui a misa caminando. Despacito para no tropezarme, llegué a Santo Cristo, una de las iglesias coloniales más lindas que conocí. Me arrodillé y todo lo que podía hacer era dar gracias, todo había sido muy perfecto. Los nueve meses impecables no eran una casualidad, eran un regalo y un signo de que alguien me quería mucho.

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Tampoco era casualidad que fuese su fiesta. San José, tan humilde, tan dejarse conducir, ¡qué ganas de imitar! Él, que había confiado tanto, se topó con sus planes hechos un bollito en un tacho de basura porque había ALGO (ALGUIEN) más grande. Esa también quería ser yo, abandonarme de verdad y dejarme moldear.

Llegaría en cualquier momento, pero me habían dicho que faltaban, por lo menos, cinco días. Ahora me doy cuenta que esa afirmación había sido una sutil mentirita para controlar la ansiedad y me sentí como un chiquito al que le esconden los caramelos antes del almuerzo. En fin, estaba muy tranquila, llegaría en el mejor momento, sin importar cuánto me hubiesen engañado. El día anterior había tenido una reunión, como todos los lunes, y estaba convencida de que llegaría también a la del próximo lunes. Pero no.

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Ya a la tardecita empecé con contracciones leves, eran las primeras que había tenido en todo el embarazo. ¿Se estaba desencadenando? La noche iba cerrándose y a los espasmos que sentía en la panza se sumó un poco de dolor que fue aumentando hasta hacerse casi inaguantable.

Bañadera, chorros de agua caliente, bolsa rota, al hospital. Lo grandioso fue que eran las doce de la noche de un martes y la Panamericana estaba vacía, lo no tan grandioso era que me esperaba una noche intensa de dolor y sufrimiento. Como siempre, mamá se vistió y también fue al hospital con alguna de las chicas. Ella ya sabía por lo que pasaría, y si había heredado un poco de sus partos, quería estar ahí para mí. Esa es mamá, desviviéndose por sus pollitos en mil cosas, chiquitas o grandes, que hace que nos acostumbremos a su caricia y a su desvelo y no siempre se lo reconozcamos como se lo merece.

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No pudo verme porque en la sala de preparto solo admitían a un acompañante. Pegó la vuelta inquieta por no poder consolarme o simplemente estar ahí, pero a las ocho de la mañana del día siguiente estaba de nuevo en el Austral, esperando que alguien le de noticias mías. Ya faltaba poco. También mi abuela, con ochenta y tres años, estuvo siempre del otro lado, rezando por su bisnieta, la número doce y la primera con su mismo nombre.

Efectivamente la cosa recién empezaba. De la bañadera a la cama, y de la cama a la bañadera, con mucho dolor, pero confiada, pasaron casi diez horas hasta que fue posible inyectarme la mágica, increíble y gloriosa anestesia peridural. Hecha una bolita y oleando cada espasmo, colaboré para que el anestesista, muy calmo y con mucha paciencia, logre pinchar la médula en el lugar correcto. Bálsamo de felicidad, ¡literal! A partir de ahí, risas, chistes, anécdotas. La sala de parto parecía de un nuevo color, las enfermeras más cariñosas y yo ansiosa por vivir uno de los momentos más espectaculares de mi vida.

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Dicen que los hombres son un poco de palo en estas cosas, pero la verdad es que no sé cómo hubiese atravesado esas horas sin el apoyo, la paciencia y los rezos de mi marido. Aunque hubiese hecho lo imposible por aliviar mi dolor físico, su tarea consistió en darme la mano y apretarla bien fuerte cuando llegaba la contracción. Lo poco que durmió, lo hizo en una silla dura al lado de mi cama sin compasión. Yo sé que mi sufrimiento fue el suyo también, y la impotencia de no poder hacer nada para ayudarme le dolió casi igual que mi trabajo de parto.

Pero, y acá es cuando el “pero” borra casi todo lo anterior, valió la pena cada segundo. Ya no importaron ni el cansancio, ni el dolor ni la incomodidad de volver a la sala de preparto por no haber cuarto disponible. Nada de eso tuvo más peso que el momento en que me entregaron a mi Catalina. Tan frágil, tan necesitada de cariño después del difícil viaje para salir al mundo.

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Ojos enormes y siempre abiertos miraban en todas las direcciones, curiosos por descubrir. Sin llorar, ni siquiera al nacer, observaba a sus papas envuelta en su batita miniatura. Ningún encuentro más esperado y más gozado. No cabía ni un gramo más de felicidad. Empezaba uno de los mejores “para siempres” que la vida me había regalado.

Ya ningún día es rutinario y, desde ahora, nunca estaré sola. Buena, sonriente y alegre. Me confiaron a la mejor hija del mundo.

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Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

4 comentarios en “Antes de Cata, después de Cata”

  1. Muy lindo texto, gracias!
    Estamos esperando para octubre una bebita, así que me llegó tanto que tuve que hacer el esfuerzo para no llorar porque estoy en el trabajo jaja!
    Saludos!
    Joaco Urruti

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