Siempre el Sur

Había un día de febrero en el que durante catorce años se repetía un ritual. Cuando todavía era noche cerrada y los grillos seguían tarareando unas coplas, papá levantaba las persianas de nuestro cuarto y nos sacudía amorosa pero enérgicamente sin mediar palabra. Aunque fuera pleno verano hacía frío porque el pueblo siempre va a contratiempo y el pasto se inundaba de un rocío blanco. Medio a ciegas, nos vestíamos con la ropa que habíamos dejado preparada el día anterior y después de hacer un esfuerzo por terminarnos un nesquick, nos subíamos a la camioneta casi en automático para rodar doce horas hasta San Martín de los Andes.

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Cada una de las tres grandes tenía un walkman que fue mutando en discman y después en mp3. Las canciones eran estratégicamente seleccionadas y ¡qué tremendo si nos olvidábamos de llevar un repuesto de pilas o nos subíamos sin chequear el buen funcionamiento de los auriculares!

Mamá era la policía de las mochilas. No nos dejaba llevar mucho peluche ni almohadón que ocupara lugar, pero siempre entraba una agenda o un cuaderno donde escribir la aventura de cada día. La billetera también era importante porque guardaba los diez pesos que papá nos regalaba para gastarlos en la juguetería “Los Lagos”.

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Puestos en marcha, la llanura pampeana cedía a unas leves ondulaciones antes del desierto para desembocar en las mesetas que nos preparaban para los grandes picos de la precordillera. El viaje era largo, pero bien valía la pena cada kilómetro. Cerca de Río Colorado, mamá desplegaba el taper con una variedad infinita de sandwichitos que jamás volví a encontrar en otro lado: jamón y queso con mayonesa, jamón y queso sin mayonesa, jamón y huevo duro, tomate y queso, huevo duro y jamón crudo, salame y queso, lomito y tomate, queso solo. Ese cofre de víveres solo lo podía manipular ella que se acordaba la cantidad y los gustos de cada uno.

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Después de haber recorrido un tercio del camino había un control con un nombre raro donde teníamos que entregar la fruta y la verdura de nuestra provincia contaminada para no llevar el virus al edén patagónico. Una especie de mosca maloliente que traíamos impregnada y que se exterminaba después de pasar por un rociador antibacteriano. Por eso, antes de seguir viaje, nos bajábamos del auto y nos embuchábamos dos o tres duraznos al hilo con tal de no desperdiciarlos.

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Aunque no había iphones que retratasen la gigantesca tarántula que se paseaba sin temor por la brea del asfalto, cada tanto parábamos al costado de la ruta a captar en la retina ese pedazo de animal tan escalofriante. Papá la empujaba con un palito y a veces la metía en un frasquito para que la apreciáramos más de cerca. Era fascinante ver como movía las tenazas y mantenía los ojos bien abiertos. No era lo mismo cruzar el camino del desierto con o sin araña. Era como comprobar que las vacaciones habían empezado.

Cuando llegábamos a Zapala quería decir que estábamos más o menos cerca. El viento de ese pueblo acumulaba basura en cualquier alambrado que se cruzase por su camino y costaba imaginar que a pocas horas el paisaje cambiaría drásticamente. Pero eso nunca fallaba. A medida que nos adentrábamos en el zigzagueo de la curva y contracurva, la montaña dejaba atrás a la meseta y aparecían algunos ríos a calmar la sed después de tanto desierto.

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En Junín de los Andes ya nos sentíamos en casa. Era como el hermano más feo que había sido un poco relegado del reino, y para no resentirlo del todo le habían ofrecido el gran orgullo de cobijar y ser sede del Regimiento de Montaña 26 del Ejército Argentino.

Ya el viaje se estaba haciendo largo y la temperatura había bajado unos suficientes grados al llegar a la ciudad de los siete lagos. Cabañas de madera, montañas inmensas, lago de día, campera de noche, un par de lagartijas metidas en una botella con agujeritos y un botecito que siempre pero siempre se pinchaba. Los días transcurrían con programas distintos y playitas que nos hacían sentir colonizadores de nuevas tierras.

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Los desafíos prometían coraje y adrenalina. Cruzar a nado una angostura, descubrir un lago escondido, pescar la primera trucha, tirarse de clavado desde la piedra más alta, explorar río arriba las aguas heladas del deshielo. El lago Queñi, el más lejos de todos y de aguas verde profundo, está escondido en la selva valdiviana que limita con Chile. A los pescadores como papá se les hacía agua la boca cuando relojeaban las orillas llenas de juncos y alguna presa saltando campantemente a las siete de la tarde.

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Con agua y unas alpargatas secas en la mochila emprendíamos el sendero que, después de una hora y media de caminata, llegaba a unos pozos termales que ascendían en temperatura a medida que subíamos la pendiente. Ahí nos relajábamos después de tanto ejercicio, pero había que estar atentos para que el agua tibia no nos chupe la energía que necesitábamos para la vuelta.

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Los programas eran infinitos. La tranquilidad de Meliquina, los piletones del lago Hermoso, las travesías entre las piedras de Yuco (siempre un día de semana porque es la Bristol de los locales) y el río Aluminé cuando había que esquivar la lluvia de San Martín. La angostura del Nonthué, el fondo del lago Villarino y el camping del Falkner, donde el abuelo Guillermo acampaba con su casilla. Las bicis de agua de Hua-Hum y la cascada Chachín de camino a Pucará. El lago Lolog un día sin viento y las cabalgatas y toboganes del cerro Chapelco. Imposible no creer que estábamos en el paraíso.

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A la vuelta de cada lago traía una cuidadosa selección de piedras para vender en la vereda de la cabaña a un módico precio de dos pesos. Y si papá y mamá no estaban muy cansados, salíamos a comer a Peperone que era como el McDonald´s sureño sin la cajita feliz.

Hoy papá se vendió a la playa, a la comodidad del ruido del mar, a la planicie de la arena sin más, al rutinario queijo florianopolitano. Dejó para su vejez un Sur de turista jubilado, de cabaña a dos aguas y de paseos por el mirador del lago Machónico. Yo se lo recuerdo todos los años y estoy segura de que antes de que se ponga gagá volverá a los programas todo terreno de este lugar que nos hizo tan felices.

Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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