Una factura que fractura

En el país de los piolas, ¿gana el más vivo, el que va más rápido, el que engaña al Estado, el que transgrede las reglas? Creemos que pasar un semáforo en amarillo no mata a nadie y que no pagar los impuestos que corresponden es un atajo del que salimos airosos. No cedemos el asiento, no respetamos la cola y el turno, y nos escabullimos en los molinetes para zafar del boleto del tren. Sin tan sólo cumpliéramos con nuestro deber…

No nos damos cuenta de que sólo dejaremos huella si hacemos impecable nuestro trabajo de cada día, si servimos con esmero a los demás, si procuramos ser personas de una sola pieza, sin dobleces. Acá una historia de las consecuencias que tiene ser piolas por demás.

Hace mucho que no me sentía tan estafada como el sábado pasado. El principio del agote de mi paciencia empezó en realidad el viernes a las siete de la tarde. Richieri, calor, tráfico por demás, locura de fin de año, colapso mental. Sufrí como nunca antes el chantaje argentino, la piolada criolla que no admite reclamo, que no da explicaciones y que lo único que hace es llenarte de indignación extrema.

Antes de tomar el rulo de Ezeiza para desembocar en la autopista a Cañuelas, la bolita empezó a toser. Corcoveaba como si le estuvieran estrujando el pescuezo. Nos abrimos paso a un costado en la banquina para ver qué pasaba. El auto también sufría el golpe de calor. Abrimos el capot e intentamos descifrar el problema. Unos policías bastante pasados de alcohol tantearon el asunto sin éxito. Llamamos al seguro para que nos mandasen una grúa. “En una hora estamos ahí”. Todavía la estamos esperando. Desde ese momento y hasta las doce de la noche nos dedicamos a reclamar el remolque y, no sólo que nunca llegaron, sino que nos mintieron haciéndonos creer que habían pasado por el lugar y no nos habían visto. Una vergüenza.

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Entrando en la quinta hora, una grúa de la autopista nos movió porque en ese lugar molestábamos y nos llevó al primer puente que estuviera fuera de esta vía. Desembocamos en Barrio Uno, “el barrio más lindo del mundo”, según su slogan. Bastante bien estaba, pero lo único que queríamos era una solución, un servicio que responda. Allí nos dejó, a merced de la noche, porque el seguro, bien gracias.

Ya cansados, con más horas frenados de las que deberíamos haber estado viajando y después de haber llamado a cuanta grúa nos muestre Google, un auxilio accedió a buscarnos. Parecía la salvación. En menos de cuarenta minutos un camión blanco con la inscripción AMG Traslados puso gancho y upó el auto frágil y maltrecho. Nos pidieron que fuésemos arriba del auto durante el trayecto y que agacháramos las cabezas cuando pasáramos por un peaje. Todo muy normal. Estábamos agotados, con calor, hambrientos, pero todavía faltaba más.

Al llegar a casa, la sorpresa. Ocho mil quinientos pesos. Un precio desopilante por habernos trasladado cuarenta y dos kilómetros. No era lo acordado y mucho menos lo que correspondía por ese servicio. Se negaron a bajar el auto si no pagábamos esa cifra. Una locura, un robo a mano armada por donde se lo mire. Pedimos factura para luego reclamarle al seguro esa suma. Y otra vez el engaño. Un mail falso, un departamento de facturación que no existe y la imposibilidad de exigir lo que corresponde, lo que manda la ley: un comprobante fiscal que deje asentado ese fraude. Sólo logramos bajarle $500 al precio original.

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Ya vamos una semana reclamando desde distintos teléfonos porque desde el mío ya no nos atienden. Ni una respuesta. Nos marean de un teléfono a otro, nos piden que esperemos a que cierre no sé qué ciclo para que puedan emitir la bendita factura. Todas mentiras. Enojo, enfurecimiento, indignación. No es una simple factura, es una factura que fractura. Una factura que saca lo peor de los argentinos.

Ahora que se sepa, que no haya más víctimas por desconocimiento. Los que manejan esta grúa son todos delincuentes, no aclaran los tantos a buenas y primeras y engañan a la gente. Se aprovechan de la hora, de la desesperación por un acarreo y hacen de la mentira y la trampa su mayor negocio. En algún momento, tarde o temprano, en esta vida o en la que viene pagarán.

Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

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