Paso a paso

Los adoquines de la calle bermejo son una de las primeras cosas en las que fijo la mirada todos los viernes a la mañana. Un poco para no trastabillar, otro poco para tener un punto de atención concreto durante la caminata hacia el charter. Antes de salir, a veces desayuno una fruta, otras sólo un vaso de agua con la expectativa de aguantar el hambre hasta las medialunas de las diez y media. Pero el día realmente comienza a las siete y veinte, cuando me dispongo, sin peros ni quejas, a caminar las cinco largas cuadras que me separan de la parada.

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Junto coraje y, aunque odie caminar, me pongo en movimiento. Antonia me despide con una aparente muestra de cariño, sacando su cabeza peluda por uno de los barrotes de la reja de casa, con los bigotes mojados por el rocío de la mañana. Me dirijo hacia el trampolín que me depositará en mi destino final y esta vez decido disfrutar del trayecto. La primera cuadra es angosta, sin veredas, con apenas algunos centímetros para que circulen un auto y una persona al mismo tiempo; los siguientes cien metros, de garita a garita, que en otoño se cubren con un colchón de hojas amarillas, más de una vez me obligaron a parar y sacar una foto.

Seguidamente, hay una casa que siempre me encantó, solía tener un cartel de “Vende” que juntaba polvo, pero al fin alguien se fijó en ella. De tanto observarla ya se convirtió en una postal familiar en mi cabeza. Confieso que hay veces que se me escapa una señal de la cruz al pasar por ahí, como si fuera que mi cerebro la seteó en el orden de cosas por las que vale la pena detenerse en la vía pública.

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En la cuadra siguiente el guardia me saluda con un gesto con la cabeza e inmediatamente se apea en su bici para escoltarme hasta la esquina. Como las veredas casi no existen, transitar por la orilla de la calle es moneda corriente y el sentido auditivo no hizo más que aceitarse lo suficiente durante estos años como para distinguir el peligro próximo sin la necesidad de levantar la mirada y perder el equilibrio, o más aún, la dignidad.

Los pasos son temerosos porque la regularidad del asfalto siempre traiciona y la estabilidad nunca fue mi fuerte. No tiento al destino y procuro llevar zapatos cómodos que me proporcionen algo de firmeza, mientras esquivo las pelotitas de los Tilos tan desleales. Trato de tener las llaves de casa en la mano, a modo de amuleto contra caídas y también como para hacer algo mientras camino. Juego con el llavero del destapador de Quilmes entre los dedos y dejo que el tintineo me marque el ritmo.

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A veces mi cabeza va más rápido que mis pies y hago el ejercicio de no mirar cuánto falta para llegar. Sigo inmersa en esquivar los pozos y las piedritas. Por fin llego, ya está, ahora solo tengo que esperar a que sean y treinta y tres, que es cuando aparece el chárter por Blanco Encalada. Cuando subo me acomodo en alguno de los primeros asientos libres. El riesgo de este lugar es que cada tanto alguien conversa con el chofer y entonces ya no puedo concentrarme en el libro o en las fotocopias que quería leer. Todavía me cuesta focalizar la atención cien por cien en una sola cosa. Pero hay días en que reina el silencio y ahí sí es el placer más grande: exprimo el tiempo, adelanto lecturas atrasadas y le saco brillo a la eficiencia.

Cuando me bajo en Cerrito y Arenales, camino un poco más liviana, con la sensación de que ya cumplí con varias obligaciones para ser las ocho y cuarto de la mañana. No titubeé en la caminata, llegué a horario al chárter y exploté el valiosísimo tiempo de viaje. Qué lindo es conformarse con poco, empezaba un buen viernes.

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Autor: thepelush

La belleza de las cosas simples es mi guía. Apuntes con la vida como testigo.

2 comentarios en “Paso a paso”

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