Juana Catalina María Victoria

Amigas y primas. No sé qué fue primero, pero nos acordamos juntas desde siempre. Ya en las agendas del 2003 se comprueba que no había día del verano en que no hiciéramos programa: “vinieron Pita y Beru, fui a lo de Neyra, pileta con Pita y Beru”. Insoportablemente unidas crecimos. Y nuestras mamás pueden atestiguar que hicimos de la insistencia por invitarnos a dormir nuestra mejor arma.

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De cuando Juanita y Hernán, sus papás, se fueron de viaje y se quedaron en casa, salió la primera gran frase célebre: “a mi hermanita no le gusta el arroz”. Es que Pita fue siempre tan buena y protectora que ni siquiera se le escapó que su hermana pase un mal momento cuando Pachu sirvió arroz con atún en algún almuerzo. También por ese entonces, Pita fue víctima del sistema obsoleto que tenía mamá para enseñarnos a dividir por dos cifras. Pobre, intentaba simplificarnos la matemática, pero no había caso, hasta en eso nos parecíamos, bien burras desde tercer grado. Cuántos diciembres habrá pagado ese error. Eran los costos de dormir en lo de Ducos.

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No tengo idea la cantidad veces que habré llamado a lo de Neyra para que me invitaran a ver el partido de River, pero fui insistente. En casa jamás pagaron por el codificado de los domingos y en lo de Pita siempre había un clima de tribuna ideal que me encantaba. Cómo olvidar las veces que íbamos a misa cabizbajos después de perder de local un clásico, cómo olvidar las tortas esponjosas, los scons, los brownies mientras nos idiotizaba TyC.

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Curiosamente nuestra primera pelea, o por lo menos la pelea que bautizamos como primera, fue hace bastante poco. Un 20 de julio, día del amigo, vacaciones de invierno, Suárez. Tuvimos la brillante idea de ir a visitar a Pepe y Maria José Gallardo al campo en Dorbigny después de una leve llovizna. El barro nos devoraba a medida que avanzábamos y la camioneta patinaba al borde de la zanja. Hasta ahí, la amistad más firme que nunca, nos necesitábamos unidas para llegar vivas a pesar de las risas nerviosas y el miedo asomando. Después de comprobar que no podíamos seguir esquiando entre cuneta y cuneta, tomamos la sabia decisión de bajarnos y caminar hasta la entrada del campo. Había que esperar que seque para pegar la vuelta y eso implicaba quedarnos a dormir.

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Listo. Nos armamos de paciencia y nos relajamos con una carioca. Nos relajamos es un decir porque ya en la primera mano, se me pusieron las dos Neyra culo al norte y empezó la debacle. Me achacaban que les estaba robando puntos, que estaba sumando mal. Siempre fui pésima para las cuentas, pero la piolada criolla nunca fue lo mío. Por suerte, las reglas me dieron la razón y las equivocadas eran ellas. Pero la tensión ya estaba echada y había que bancar la parada. En veintitantos años, nunca nos habíamos mirado con bronca, y ese día, las cartas nos interpelaban de reojo, con saña. Intentaba tranquilizarme, es solo un juego, me recordaba, pero el rayo láser seguía apuntando a Pita y por dentro quería pellizcarla. Poco a poco, dejamos ir el rencor y nos entretuvimos viendo cómo un tractor resucitaba nuestro móvil del barrial. Nos quedaban como sesenta kilómetros juntas todavía, y sabiendo que eran dos contra una, era mejor amigarse.

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Con las ideas más ocurrentes y disparatadas, yo estaba siempre a punto de largar la carcajada, o contenerme y morir en el intento para no hacer el ridículo en misa, en un acto en el San José o mientras mirábamos Star Wars con un Hernán tan concentrado que era mejor que no vuele ni un mosquito. Un día, Pita me contó inocentemente que Bichito se había separado. Desde entonces, a esa persona la empezamos a llamar Bichito en código. Yo estaba preocupada, no entendía, si hacía poco había visto el matrimonio de Bichito lo más bien. Llegué a casa bien compungida y le conté a mamá. A las pocas horas, llegó la desmentida gracias al cielo. Pita había sido víctima de un gran cortocircuito para alegría del pueblo chico, tremendo infierno. No jodamo con los falsos rumores.

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También en las jineteadas se ven los buenos amigos (?). Siempre estos eventos resultaron trágicos. Una vez me corté el tendón del dedo chiquito del pie, un elástico que no te das cuenta que lo tenés hasta que se te corta; otra vez me robaron una heladerita por la que casi pierdo la vida cuando mi madre se enteró. Yo lloraba más por lo que había adentro que por el artefacto en sí. Y me acuerdo que, recorriendo el lugar, aguzando la vista para desmontar cualquier avivada, la vi. Era mi heladerita en manos de extraños. Ya estaba por interrumpir la ronda de paisanos para llevarme prepotentemente lo que creía que era mío, cuando Pita me advirtió que era muy parecida pero que no era igual. Siempre ella tan calma, pensando bien de los demás hasta el último minuto, cuando se demuestra lo contrario.

Talentosa, paciente, humilde, generosa y servicial. Así es mi amiga-prima-hermana, la Piti. Un encanto al que quiero mucho.

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Huellas

Estaba trabajando en lo de mamá cuando sonó el timbre. Eran las cuatro y media, volvían las chicas del colegio. Bajé las escaleras y ya, desde atrás de la reja, vi que Juanita, de once años, estaba con cara triste y cabizbaja. Apenas un saludo de reojo, frío y despersonalizado. Raro. Algo pasaba.

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Nos sentamos a tomar el té y le pregunté cómo le había ido. Con los ojos llorosos y con voz apagada contó que había desaprobado la “sumativa”, una especie de prueba integradora de todas las materias donde se evalúa lo aprendido en la primera mitad del año. Estaba muy angustiada, la sumativa era un tema recurrente. Nervios, ejercicios, lecturas. Memorizar. Dolor de panza, seguramente. No era un examen más, por eso la decepción era grande. Mientras la consolaba, pensaba que nada, NADA, te hace más fuerte que esos reveses, los primeros de muchos, los que te adentran en las cicatrices inaugurales que no buscan otra cosa que robustecerte.

Como dice Maritchu Seitún, más vale prepararse con errores de bajo costo que sirvan de aprendizaje, y estar curtidos para cuando la vida pegue fuerte y bien hondo más adelante. Claro que para ella no era ningún bajo costo estudiar de vuelta para rendir un recuperatorio y demostrar que sabía. Pero ¿cómo entender, en el alba de la vida, que esas lágrimas y angustias se convertirán en unos años en divertidas anécdotas que nos sirvieron de lección?

Este episodio me hizo divagar en mi memoria y encontrar esas pequeñas (y no tan pequeñas) decepciones, cachetazos, golpes que, a fuerza de desconsuelos y dulces dolores, nos fueron tallando la personalidad.

Me acuerdo la primera vez que me llevé matemática a febrero. “Llevarse materias” es el término que usamos en la etapa escolar para referirnos a esas oportunidades en las que debíamos demostrar que, en realidad, manejábamos a la perfección las fracciones y sabíamos que pi era tres coma catorce. Todo el año resumido en un día, en un examen, en una nota. Yo era del clan de diciembre, todos los años estaba ahí, practicando ecuaciones y funciones trigonométricas, pero ¿volver en febrero? Abrir regalos de Navidad y recordar que todavía debía matemática me daba náuseas, para mí era un abismo que, creía, nunca llegaría a sobrepasar. Pero un día pasó, un día fui parte de los innombrables de febrero y se derrumbó mi mundo.

También se me viene a la cabeza cuando Laura Selasco, profesora de inglés de Green Hills de toda una vida, llegó a casa con un lemon pie en las manos. Eso era muy malo. Que casi al final del verano se apareciera Laura  con una de estas tortas blancas era un signo imborrable de que había sucedido eso que no queríamos que sucediera. Era la manera de decirnos que no había sido suficiente: habíamos desaprobado el First Certificated Exam. Otro sacudón que costaba digerir.

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Yendo más atrás en el tiempo, es inolvidable el capítulo en el jardín de infantes en el que unos compañeros se burlaban de mí y me decían que en realidad yo era rubia porque mi mamá me lavaba el pelo con lavandina porque era más barato. No sé en qué momento se me ocurrió creer esa pavada, pero sí me acuerdo que me hicieron sentir que, a mamá, con lo dedicada que fue siempre a sus hijos, ya no le importaba su hija mayor; ya tenía demasiado trabajo con los más chiquitos.

Otro cimbronazo fue en una noche de domingo cuando papá y mamá nos sentaron en el living para contarnos que al año siguiente nos íbamos a vivir a Buenos Aires. Pataleo, llanto, no entender nada. A mí me tocaba, tenía que empezar la facultad y, sola o acompañada, debía instalarme acá, pero ¿y las chicas? Las arrancaban del último y ante último año de colegio para empezar una vida totalmente nueva que, a la larga entenderíamos, tendría sus frutos en la familia unida. Pero estábamos devastadas, y si mis hermanas lloraban, yo también lloraba. Todavía hoy le achacamos a papá que, ni siquiera en ese estado de congoja, nos dejó faltar al otro día al colegio. No, a las siete abrió la persiana como todas las mañanas, como si nada hubiese pasado. Las reglas son las reglas, y en casa sin cuarenta y dos grados de fiebre no había razón para hacerse la rata.

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Y ni hablar cuando encontré a Talula, la perra dálmata que teníamos desde que yo me acuerdo, muerta debajo de unos árboles al fondo del jardín. Se había ido a morir lejos, para que yo no la vea y quizás así no sufriera. No entendía, si yo tenía diez años y ella casi mi misma edad, ¿por qué habría de morirse? Me dejaron enterrarla y poner una cruz en el lugar. Lloré por unos cuantos días, y trataron de reemplazarla por otra dálmata, pero no era ni la mitad de cariñosa.

Cómo olvidar esa Navidad en la que el primer regalo que abrí fue una Barbie. Todo el mundo sabía que yo odiaba las barbies, me parecían aburridísimas, ¿a quién se le ocurría regalarme una? Obviamente ese regalo no había sido de mamá, pero ¿cómo explicarme? Qué malcriada, cuánta susceptibilidad.

Así fueron algunos de esos momentos, señaladores en nuestra existencia, que tienen la misión de recordarnos cómo éramos antes y cómo fuimos después de que sucedieran. Según la edad o las preocupaciones de ese entonces, dejaron una huella más o menos indeleble que nos fue forjando. Juani recién empieza, ¡cuántas anécdotas valiosas e inolvidables le esperan!

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Antes de Cata, después de Cata

Había dejado de trabajar dos semanas antes y estaba muy relajada, con los nervios bajo control y muy confiada en que no había nada de qué asustarse. Eran los últimos días de calor de marzo, esos que te dan ganas de gritar de agradecimiento por el sol que pega en la espalda mientras caminas por el barrio y por el vientito que anuncia el inicio del otoño. Esa mañana era la fiesta de San José, uno de mis santos preferidos, y fui a misa caminando. Despacito para no tropezarme, llegué a Santo Cristo, una de las iglesias coloniales más lindas que conocí. Me arrodillé y todo lo que podía hacer era dar gracias, todo había sido muy perfecto. Los nueve meses impecables no eran una casualidad, eran un regalo y un signo de que alguien me quería mucho.

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Tampoco era casualidad que fuese su fiesta. San José, tan humilde, tan dejarse conducir, ¡qué ganas de imitar! Él, que había confiado tanto, se topó con sus planes hechos un bollito en un tacho de basura porque había ALGO (ALGUIEN) más grande. Esa también quería ser yo, abandonarme de verdad y dejarme moldear.

Llegaría en cualquier momento, pero me habían dicho que faltaban, por lo menos, cinco días. Ahora me doy cuenta que esa afirmación había sido una sutil mentirita para controlar la ansiedad y me sentí como un chiquito al que le esconden los caramelos antes del almuerzo. En fin, estaba muy tranquila, llegaría en el mejor momento, sin importar cuánto me hubiesen engañado. El día anterior había tenido una reunión, como todos los lunes, y estaba convencida de que llegaría también a la del próximo lunes. Pero no.

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Ya a la tardecita empecé con contracciones leves, eran las primeras que había tenido en todo el embarazo. ¿Se estaba desencadenando? La noche iba cerrándose y a los espasmos que sentía en la panza se sumó un poco de dolor que fue aumentando hasta hacerse casi inaguantable.

Bañadera, chorros de agua caliente, bolsa rota, al hospital. Lo grandioso fue que eran las doce de la noche de un martes y la Panamericana estaba vacía, lo no tan grandioso era que me esperaba una noche intensa de dolor y sufrimiento. Como siempre, mamá se vistió y también fue al hospital con alguna de las chicas. Ella ya sabía por lo que pasaría, y si había heredado un poco de sus partos, quería estar ahí para mí. Esa es mamá, desviviéndose por sus pollitos en mil cosas, chiquitas o grandes, que hace que nos acostumbremos a su caricia y a su desvelo y no siempre se lo reconozcamos como se lo merece.

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No pudo verme porque en la sala de preparto solo admitían a un acompañante. Pegó la vuelta inquieta por no poder consolarme o simplemente estar ahí, pero a las ocho de la mañana del día siguiente estaba de nuevo en el Austral, esperando que alguien le de noticias mías. Ya faltaba poco. También mi abuela, con ochenta y tres años, estuvo siempre del otro lado, rezando por su bisnieta, la número doce y la primera con su mismo nombre.

Efectivamente la cosa recién empezaba. De la bañadera a la cama, y de la cama a la bañadera, con mucho dolor, pero confiada, pasaron casi diez horas hasta que fue posible inyectarme la mágica, increíble y gloriosa anestesia peridural. Hecha una bolita y oleando cada espasmo, colaboré para que el anestesista, muy calmo y con mucha paciencia, logre pinchar la médula en el lugar correcto. Bálsamo de felicidad, ¡literal! A partir de ahí, risas, chistes, anécdotas. La sala de parto parecía de un nuevo color, las enfermeras más cariñosas y yo ansiosa por vivir uno de los momentos más espectaculares de mi vida.

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Dicen que los hombres son un poco de palo en estas cosas, pero la verdad es que no sé cómo hubiese atravesado esas horas sin el apoyo, la paciencia y los rezos de mi marido. Aunque hubiese hecho lo imposible por aliviar mi dolor físico, su tarea consistió en darme la mano y apretarla bien fuerte cuando llegaba la contracción. Lo poco que durmió, lo hizo en una silla dura al lado de mi cama sin compasión. Yo sé que mi sufrimiento fue el suyo también, y la impotencia de no poder hacer nada para ayudarme le dolió casi igual que mi trabajo de parto.

Pero, y acá es cuando el “pero” borra casi todo lo anterior, valió la pena cada segundo. Ya no importaron ni el cansancio, ni el dolor ni la incomodidad de volver a la sala de preparto por no haber cuarto disponible. Nada de eso tuvo más peso que el momento en que me entregaron a mi Catalina. Tan frágil, tan necesitada de cariño después del difícil viaje para salir al mundo.

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Ojos enormes y siempre abiertos miraban en todas las direcciones, curiosos por descubrir. Sin llorar, ni siquiera al nacer, observaba a sus papas envuelta en su batita miniatura. Ningún encuentro más esperado y más gozado. No cabía ni un gramo más de felicidad. Empezaba uno de los mejores “para siempres” que la vida me había regalado.

Ya ningún día es rutinario y, desde ahora, nunca estaré sola. Buena, sonriente y alegre. Me confiaron a la mejor hija del mundo.

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LA ACEPTACIÓN, EL GRAN REMEDIO

Lo primero que se me ocurre al conocerla personalmente a Marina Lassen después de haber leído su libro “El cuerpo no calla” es la palabra valentía. Al escucharla hablar, al entrar en su mundo, me sentí demasiado interpelada frente a una mujer que ya dio el primer paso en busca de un sentido en medio de la enfermedad. Ya no importa si ésta o aquella droga dejan de hacer efecto en un cuerpo que se revela ferozmente, que no da tregua y que parece incontrolable por momentos, el verdadero tesoro en su historia con el Parkinson es el coraje para desnudar su alma por completo y volcarla en un libro, un manuscrito que fue la llave para aceptar esta realidad con alegría y optimismo. Por supuesto que es una enfermedad que nunca se eligió, que nunca estuvo en ningún plan y que cayó como baldazo de agua fría en plena madrugada, pero atropelladamente o no fue ganándose un lugar en su día a día y hoy forma parte de las entrañas más profundas de su vida y de la de su familia y amigos más cercanos. Hoy, el cuerpo se presenta igual, o incluso más desgastado y cansado que antes, pero la actitud fue haciendo maravillas en la vida de esta arquitecta.

En un mundo en el que nos venden apariencias por realidad, y donde nos hacen creer que ya la verdad quedó relegada a un segundo plano, otra vez gana el ejemplo de la autenticidad. Acá se revela un poco el clic que hizo Marina en su viaje de aceptación. “Basta de mostrar alguien que no soy, de hacer grandes esfuerzos por aparentar normalidad”. Marina ya intentó convencerse y convencer a los demás de que el Parkinson era algo ajeno y lejano, y de que era mejor ocultarlo, que el mundo no se enterase de su presencia y de simular vivir una vida que no era la suya. Dolores de cabeza, gastritis y mucho vacío se mezclaban como un tónico perfecto para darse cuenta de que por ahí no era el camino.

Y un día, todos los esfuerzos por esconderse resultaron en vano. Disimular un  temblor tan agresivo, con tantas manifestaciones distintas se volvió una odisea inalcanzable. Se dijo a sí misma que había llegado a su límite. Ya no podía seguir viviendo en las sombras de su vida, como un espectador con miedo, relegando sus amistades y su familia para ocultar el Parkinson. Descubrió que mostrarse tal como era resultaba completamente consolador, y abría las puertas a la paz, a la tranquilidad, a la certeza de llevar las riendas de la vida con determinación. Todo empezaba a tener otro color y otro aroma. Amanecía un nuevo mundo.

Conexión entre Buenos Aires y Moscú

Marina me recibió en su casa de Beccar, una casa impecable, pensada hasta el último detalle por ella y su marido, ambos arquitectos. No escatimaron en dejar entrar la luz por cada rincón y los amplios ventanales hablan de un hogar generoso y hospitalario, de una calidez maravillosa. Mientras dos perros salchichas nos miraban desde el jardín, empezamos una conversación tan agradable que parecía que nos habíamos alejado un poco de Buenos Aires.

Es que en realidad mi cabeza vagaba por Moscú y San Petersburgo. Su apellido nórdico trasluce sus raíces y su origen, y hasta allá viajó en busca de algo más. Fue su abuela materna Nadezhda Ivanovna Mateev, traducido en el nombre de Esperanza cuando se instaló definitivamente en Argentina, su fuente de inspiración para iniciar esta travesía. Iba al viejo continente en busca de respuestas a su vida, en busca de señales que la guiaran por donde seguir. Reviviendo la historia de sus abuelos exiliados por un régimen absurdo, Marina hizo realidad la promesa hecha a su “Babita” y partió hacia Rusia.

Llegaba sintiéndose una extranjera en su propio cuerpo, sin encontrar el rumbo de su vida y quiso encarnar los mismos sentimientos que tuvo su abuela al dejar su casa, su ciudad, su país natal. Haber tapado el tema durante tantos años, haciendo como si no existiese, hizo que Marina empezara a encerrarse en Internet a investigar sobre Rusia y sus antepasados. También comenzó a escribir en un blog y a ser parte de un foro de pacientes de Parkinson que, en vez de infundirle ánimos y energía, aumentaba tremendamente su ansiedad, generándole insomnio, y con esto, una absoluta alteración en su rutina. Del otro lado del mundo, escuchó cómo su abuela la fue guiando y, dejándose llevar, pudo encontrarse con su costado más tolerante, más optimista, más suave. Supo que eso que había venido a buscar ya lo había encontrado y una profunda paz se apoderó de ella.

Dios siempre gana en amor

De su abuela también absorbió la gran fe en un Dios que ya tenía las respuestas para todo y más y, aunque estuvo un poco apagada durante algunos años, con la llegada de la enfermedad floreció y fue su gran sostén. Como siempre sucede, Dios se adelantó y fue a su encuentro en un retiro. Desde ese entonces, el miedo a la muerte disminuyó y la aceptación de este panorama la hizo sentirse más viva que nunca, y de alguna forma se empezó a curar, capaz no del Parkinson puntualmente pero sí de la aridez de su alma.

Junto con su fe, Marina descubrió su pasión por escribir que la ayudó a empezar a hablar de su enfermedad, a contar sus miedos e inseguridades, y poco a poco a aceptarla como parte suya, dejándose ver tal cual es. Volvió a relacionarse con amigas que había dejado de lado, y se arrimó de nuevo a su familia que la tenía un tanto desatendida por ahorrarles la incomodidad de la compasión. Comenzó, entonces, a aceptar su vida, que no quiere decir bajar los brazos, sino dejar de pelearse con ella misma y recuperar esa actitud positiva necesaria para asumir su realidad. Un testimonio de que la actitud es el arma más poderosa para enfrentar las adversidades.

Siempre el Sur

Había un día de febrero en el que durante catorce años se repetía un ritual. Cuando todavía era noche cerrada y los grillos seguían tarareando unas coplas, papá levantaba las persianas de nuestro cuarto y nos sacudía amorosa pero enérgicamente sin mediar palabra. Aunque fuera pleno verano hacía frío porque el pueblo siempre va a contratiempo y el pasto se inundaba de un rocío blanco. Medio a ciegas, nos vestíamos con la ropa que habíamos dejado preparada el día anterior y después de hacer un esfuerzo por terminarnos un nesquick, nos subíamos a la camioneta casi en automático para rodar doce horas hasta San Martín de los Andes.

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Cada una de las tres grandes tenía un walkman que fue mutando en discman y después en mp3. Las canciones eran estratégicamente seleccionadas y ¡qué tremendo si nos olvidábamos de llevar un repuesto de pilas o nos subíamos sin chequear el buen funcionamiento de los auriculares!

Mamá era la policía de las mochilas. No nos dejaba llevar mucho peluche ni almohadón que ocupara lugar, pero siempre entraba una agenda o un cuaderno donde escribir la aventura de cada día. La billetera también era importante porque guardaba los diez pesos que papá nos regalaba para gastarlos en la juguetería “Los Lagos”.

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Puestos en marcha, la llanura pampeana cedía a unas leves ondulaciones antes del desierto para desembocar en las mesetas que nos preparaban para los grandes picos de la precordillera. El viaje era largo, pero bien valía la pena cada kilómetro. Cerca de Río Colorado, mamá desplegaba el taper con una variedad infinita de sandwichitos que jamás volví a encontrar en otro lado: jamón y queso con mayonesa, jamón y queso sin mayonesa, jamón y huevo duro, tomate y queso, huevo duro y jamón crudo, salame y queso, lomito y tomate, queso solo. Ese cofre de víveres solo lo podía manipular ella que se acordaba la cantidad y los gustos de cada uno.

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Después de haber recorrido un tercio del camino había un control con un nombre raro donde teníamos que entregar la fruta y la verdura de nuestra provincia contaminada para no llevar el virus al edén patagónico. Una especie de mosca maloliente que traíamos impregnada y que se exterminaba después de pasar por un rociador antibacteriano. Por eso, antes de seguir viaje, nos bajábamos del auto y nos embuchábamos dos o tres duraznos al hilo con tal de no desperdiciarlos.

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Aunque no había iphones que retratasen la gigantesca tarántula que se paseaba sin temor por la brea del asfalto, cada tanto parábamos al costado de la ruta a captar en la retina ese pedazo de animal tan escalofriante. Papá la empujaba con un palito y a veces la metía en un frasquito para que la apreciáramos más de cerca. Era fascinante ver como movía las tenazas y mantenía los ojos bien abiertos. No era lo mismo cruzar el camino del desierto con o sin araña. Era como comprobar que las vacaciones habían empezado.

Cuando llegábamos a Zapala quería decir que estábamos más o menos cerca. El viento de ese pueblo acumulaba basura en cualquier alambrado que se cruzase por su camino y costaba imaginar que a pocas horas el paisaje cambiaría drásticamente. Pero eso nunca fallaba. A medida que nos adentrábamos en el zigzagueo de la curva y contracurva, la montaña dejaba atrás a la meseta y aparecían algunos ríos a calmar la sed después de tanto desierto.

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En Junín de los Andes ya nos sentíamos en casa. Era como el hermano más feo que había sido un poco relegado del reino, y para no resentirlo del todo le habían ofrecido el gran orgullo de cobijar y ser sede del Regimiento de Montaña 26 del Ejército Argentino.

Ya el viaje se estaba haciendo largo y la temperatura había bajado unos suficientes grados al llegar a la ciudad de los siete lagos. Cabañas de madera, montañas inmensas, lago de día, campera de noche, un par de lagartijas metidas en una botella con agujeritos y un botecito que siempre pero siempre se pinchaba. Los días transcurrían con programas distintos y playitas que nos hacían sentir colonizadores de nuevas tierras.

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Los desafíos prometían coraje y adrenalina. Cruzar a nado una angostura, descubrir un lago escondido, pescar la primera trucha, tirarse de clavado desde la piedra más alta, explorar río arriba las aguas heladas del deshielo. El lago Queñi, el más lejos de todos y de aguas verde profundo, está escondido en la selva valdiviana que limita con Chile. A los pescadores como papá se les hacía agua la boca cuando relojeaban las orillas llenas de juncos y alguna presa saltando campantemente a las siete de la tarde.

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Con agua y unas alpargatas secas en la mochila emprendíamos el sendero que, después de una hora y media de caminata, llegaba a unos pozos termales que ascendían en temperatura a medida que subíamos la pendiente. Ahí nos relajábamos después de tanto ejercicio, pero había que estar atentos para que el agua tibia no nos chupe la energía que necesitábamos para la vuelta.

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Los programas eran infinitos. La tranquilidad de Meliquina, los piletones del lago Hermoso, las travesías entre las piedras de Yuco (siempre un día de semana porque es la Bristol de los locales) y el río Aluminé cuando había que esquivar la lluvia de San Martín. La angostura del Nonthué, el fondo del lago Villarino y el camping del Falkner, donde el abuelo Guillermo acampaba con su casilla. Las bicis de agua de Hua-Hum y la cascada Chachín de camino a Pucará. El lago Lolog un día sin viento y las cabalgatas y toboganes del cerro Chapelco. Imposible no creer que estábamos en el paraíso.

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A la vuelta de cada lago traía una cuidadosa selección de piedras para vender en la vereda de la cabaña a un módico precio de dos pesos. Y si papá y mamá no estaban muy cansados, salíamos a comer a Peperone que era como el McDonald´s sureño sin la cajita feliz.

Hoy papá se vendió a la playa, a la comodidad del ruido del mar, a la planicie de la arena sin más, al rutinario queijo florianopolitano. Dejó para su vejez un Sur de turista jubilado, de cabaña a dos aguas y de paseos por el mirador del lago Machónico. Yo se lo recuerdo todos los años y estoy segura de que antes de que se ponga gagá volverá a los programas todo terreno de este lugar que nos hizo tan felices.

¿Una visita empañada?

Francisco, que es el Papa número 266 de la historia de la Iglesia, ha visitado 31 países desde que fue elegido como el sucesor de San Pedro en 2013. En su sexto viaje a América Latina, fue la segunda vez, después de Juan Pablo II, que un Papa visita Chile y Perú.

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¿Qué significa que un Papa viaje desde Roma a Latinoamérica para reunirse con fieles de las más variadas comunidades?

El Papa quiere estar cerca, quiere saber en qué andamos, de qué va nuestra vida. Como en la Jornada Mundial de la Juventud que nos apelaba para que no desperdiciemos el valioso tesoro de la vitalidad y salgamos a anunciar el Evangelio, en esta visita Francisco fue más Papa que nunca: ofició misa, bautizó y hasta casó a unos novios. Habló de la corrupción, visitó una cárcel de mujeres, se reunió con diplomáticos y seminaristas, y celebró a los santos peruanos.

Ante el gran debate sobre si Francisco debe o no venir a la Argentina, a veces nos creemos con la potestad para opinar sobre una agenda que no manejamos y unas prioridades que no conocemos. ¿Quién sino el Papa debe tener más claro que todos lo que debe o no hacer? No entendemos que, seguramente, la forma de estar cerca de sus raíces es ésta, revoloteando con suficiente distancia para que nuestros egos y diferencias internas no se desboquen, para que nuestro país no sufra más convulsiones. Conocemos su amor por esta tierra, busquemos en las profundidades de su mensaje el gran deseo para su pueblo.

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Con un gran contraste entre las visitas a ambos países, Francisco terminó una gira que tuvo todos los condimentos. Más allá de la ya tan comentada estadía en Chile, donde el clima enrarecido por los ataques a varias iglesias y los polémicos casos de pedofilia hicieron que se catalogara como la peor visita al país en la historia de los Papas, no se puede negar que a Francisco siempre terminan colocándolo en medio de los problemas y circunstancias locales con poco margen para maniobrar.

Como buen padre, pidió perdón por los abusos y desmanes de sus hijos y reconoció las grandes fallas de la Iglesia y el clero; rezó por todas estas víctimas y siempre estuvo muy cerca de los mundos más vulnerables: abusados, excluidos, indígenas, enfermos. Ellos siempre son los primeros para él. Tenemos que dejar de pensar que el Papa es una figura política más, un ente gubernamental o un mandatario mundano. Francisco es la figura central de la Iglesia católica, es el vicario de Cristo, su representante terrenal. Cuando ponemos la mirada en puntos periféricos y no en la centralidad de su mensaje que es Jesús, todo se trastoca, todo queda a merced del ojo y el corazón humano.

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Cómo será que nuestra humanidad es más fuerte que nuestro espíritu que creemos que todo merece nuestra rigurosa observación. También Francisco fue criticado por casar, en pleno vuelo, a una pareja a la que consideró que estaba preparada para recibir el santo sacramento y simplemente no había podido hacerlo porque la iglesia de su pueblo había sido destruida por un terremoto. Los periodistas, al acecho del error y del escándalo, fueron de lleno a cuestionarle su accionar aludiendo que esta concesión abre la puerta a un sacramento más light, menos comprometido. ¿En serio creen que el Papa desaprovecharía la oportunidad de unir en matrimonio a una pareja preparada que así lo deseaba? ¡Nos olvidamos que los sacramentos son signos del amor de Cristo! Siempre y cuando estén dadas las condiciones, los sacerdotes, con el Papa a la cabeza, tienen el deber de facilitar estas gracias a los fieles. Por suerte, hubo una gran cantidad de personas que celebró este gesto, esta cercanía, este trato tan afable.

Nos encanta llenarnos la boca, nos parece fascinante encontrar el error de aquel que es infalible en cuestiones de fe. Si de verdad creyéramos que el Papa es el verdadero embajador de Cristo no dudaríamos ni un segundo de ninguno de sus comportamientos.

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Las visitas papales pueden ser un bálsamo para unir comunidades o una mecha para ocasionar un incendio. Depende de la disposición de los corazones que lo reciben. Como iglesia peregrinante, como pueblo en marcha que sigue a su pastor dejémonos de pasarle facturas que no le corresponden y abramos nuestros corazones, la riqueza de su mensaje es universal.

Fotos: Aci Prensa.

Una factura que fractura

En el país de los piolas, ¿gana el más vivo, el que va más rápido, el que engaña al Estado, el que transgrede las reglas? Creemos que pasar un semáforo en amarillo no mata a nadie y que no pagar los impuestos que corresponden es un atajo del que salimos airosos. No cedemos el asiento, no respetamos la cola y el turno, y nos escabullimos en los molinetes para zafar del boleto del tren. Sin tan sólo cumpliéramos con nuestro deber…

No nos damos cuenta de que sólo dejaremos huella si hacemos impecable nuestro trabajo de cada día, si servimos con esmero a los demás, si procuramos ser personas de una sola pieza, sin dobleces. Acá una historia de las consecuencias que tiene ser piolas por demás.

Hace mucho que no me sentía tan estafada como el sábado pasado. El principio del agote de mi paciencia empezó en realidad el viernes a las siete de la tarde. Richieri, calor, tráfico por demás, locura de fin de año, colapso mental. Sufrí como nunca antes el chantaje argentino, la piolada criolla que no admite reclamo, que no da explicaciones y que lo único que hace es llenarte de indignación extrema.

Antes de tomar el rulo de Ezeiza para desembocar en la autopista a Cañuelas, la bolita empezó a toser. Corcoveaba como si le estuvieran estrujando el pescuezo. Nos abrimos paso a un costado en la banquina para ver qué pasaba. El auto también sufría el golpe de calor. Abrimos el capot e intentamos descifrar el problema. Unos policías bastante pasados de alcohol tantearon el asunto sin éxito. Llamamos al seguro para que nos mandasen una grúa. “En una hora estamos ahí”. Todavía la estamos esperando. Desde ese momento y hasta las doce de la noche nos dedicamos a reclamar el remolque y, no sólo que nunca llegaron, sino que nos mintieron haciéndonos creer que habían pasado por el lugar y no nos habían visto. Una vergüenza.

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Entrando en la quinta hora, una grúa de la autopista nos movió porque en ese lugar molestábamos y nos llevó al primer puente que estuviera fuera de esta vía. Desembocamos en Barrio Uno, “el barrio más lindo del mundo”, según su slogan. Bastante bien estaba, pero lo único que queríamos era una solución, un servicio que responda. Allí nos dejó, a merced de la noche, porque el seguro, bien gracias.

Ya cansados, con más horas frenados de las que deberíamos haber estado viajando y después de haber llamado a cuanta grúa nos muestre Google, un auxilio accedió a buscarnos. Parecía la salvación. En menos de cuarenta minutos un camión blanco con la inscripción AMG Traslados puso gancho y upó el auto frágil y maltrecho. Nos pidieron que fuésemos arriba del auto durante el trayecto y que agacháramos las cabezas cuando pasáramos por un peaje. Todo muy normal. Estábamos agotados, con calor, hambrientos, pero todavía faltaba más.

Al llegar a casa, la sorpresa. Ocho mil quinientos pesos. Un precio desopilante por habernos trasladado cuarenta y dos kilómetros. No era lo acordado y mucho menos lo que correspondía por ese servicio. Se negaron a bajar el auto si no pagábamos esa cifra. Una locura, un robo a mano armada por donde se lo mire. Pedimos factura para luego reclamarle al seguro esa suma. Y otra vez el engaño. Un mail falso, un departamento de facturación que no existe y la imposibilidad de exigir lo que corresponde, lo que manda la ley: un comprobante fiscal que deje asentado ese fraude. Sólo logramos bajarle $500 al precio original.

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Ya vamos una semana reclamando desde distintos teléfonos porque desde el mío ya no nos atienden. Ni una respuesta. Nos marean de un teléfono a otro, nos piden que esperemos a que cierre no sé qué ciclo para que puedan emitir la bendita factura. Todas mentiras. Enojo, enfurecimiento, indignación. No es una simple factura, es una factura que fractura. Una factura que saca lo peor de los argentinos.

Ahora que se sepa, que no haya más víctimas por desconocimiento. Los que manejan esta grúa son todos delincuentes, no aclaran los tantos a buenas y primeras y engañan a la gente. Se aprovechan de la hora, de la desesperación por un acarreo y hacen de la mentira y la trampa su mayor negocio. En algún momento, tarde o temprano, en esta vida o en la que viene pagarán.